GUÍA CINCO DE PLAN LECTOR DE SEXTO GRADO

 GUÍA CINCO DE PLAN LECTOR DE SEXTO GRADO



 

INSTITUCION EDUCATIVA OCTAVIO HARRY-JACQUELINE KENNEDY

DANE 105001003271 - NIT 811.018.854-4 - COD ICFES 050963 // 725473

Código: FA 21

Fecha: 20/04/2020

Guía de aprendizaje por núcleos temáticos No 5

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Docente (s):

Nayive Melo Duque

Grados:

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Año:

2021

Período:

 Núcleo Temático:

Plan lector.

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Objetivo de la guía de acuerdo con los objetivos de grado:

 

1. Formar lectores capaces de desenvolverse con éxito en el ámbito escolar.

2. Potenciar la comprensión lectora desde las diversas áreas del currículo. (la ética, educación física, español, tecnología, matemáticas…) a través de los personajes que allí se mencionan.

3.  Sensibilizar a los estudiantes para que fomenten su hábito lector.

 

 

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Competencias:

1.     Reflexionar cómo es su comportamiento en casa y aprenderá a establecer normas para su trabajo en el estudio desde casa, el manejo del tiempo libre, y sobre cómo será su dedicación para compartir en familia.

2.     Transformar la información interactuando con los demás y poniendo la historia del libro en contexto.

3.     Articular los conocimientos de las distintas disciplinas(lingüística, pragmática, meta cognición) que se trabajan en la lectura

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Indicadores de desempeño:

 

  1. Comprenderá elementos constitutivos de obras literarias tales como tiempo, espacio, función de los personajes, lenguaje, atmósferas, diálogos y escenas, entre otros.
  2. Comparará los procedimientos narrativos líricos o dramáticos empleados en la literatura que permiten estudiarla por géneros.
  3. Formulará hipótesis de comprensión acerca de las obras literarias que lee, teniendo en cuenta género, temática, época y región.

 

Introducción:

 



 

 

 

No olvides que, tus profes, te queremos mucho.

Un abrazo gigantesco para ti y tu familia.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

Observa la siguiente biografía del autor del libro. Jordi Sierra I Fabra: "Leer me salvó la vida".



Lecturas de profundización

I

E n el momento de abrir los ojos, Felipe se quedó mirando el techo.
    Había una mancha de humedad desde hacía algunas semanas. Cosas de vivir en el último piso. Lo curioso era que la mancha de humedad tenía forma de indio, con plumas y todo. Un inmenso penacho. La cara, de perfil, desde luego pertenecía a un gran jefe. Nariz grande y poderosa, de patata, labios enormes y ojos penetrantes. Él le llamaba Águila Negra. «Águila» por las plumas y «Negra» porque la mancha era oscura, y en la penumbra de la habitación todavía más.
    — ¡Jao! —saludó a su compañero.
    Águila Negra siguió tal cual.
    Felipe se incorporó y miró la hora en el reloj digital de su mesita de noche.
    Las nueve y cuarenta.
    ¿Las nueve y cuarenta?
    ¡Las nueve y cuarenta!
    No pudo creerlo. Era tardísimo. ¿Por qué su madre no lo había despertado? Vale, el cole había terminado hacía tres días, pero ella, como mucho, a las nueve ya le ponía en pie con su batería de argumentos: que si se le pegaban las sábanas, que si luego se acostumbraba a dormir y en septiembre le costaría volver a coger los hábitos escolares, que si dormía mucho perdía demasiadas horas del día, sobre todo las de la mañana que eran las mejores, que si se pondría fondón, que si…
    Fue hacia la ventana, subió la persiana y se asomó al exterior.
    Ah, un día precioso.
    Todavía no era verano. Faltaban dos semanas para irse de vacaciones, pero el día desde luego invitaba a hacer de todo: salir a la calle, divertirse con los amigos, jugar un partido… Bueno, eso sí su madre le dejaba, porque después de las notas…
    Cate en mates.
    Cate en lengua.
    Las dos a la vez, encima.
    La bronca que le habían echado sus padres tres días antes fue de campeonato. De órdago. De vuelta a los «que si»: que si no lo aprovechaba, que si sería un burro, que si así no iría a ninguna parte, que sí tendría que recuperar en verano, que si con lo inteligente que era no tenía sentido que suspendiera, que si era un gandul y un vago, que si se distraía con el vuelo de una mosca, que si no ponía atención, que si…
    —Mira, Felipe —le había dicho su padre—, estudiar es importante; pero leer, todavía más. Yo no tuve tu suerte, no pude estudiar, pero leía todo lo que pillaba, y gracias a eso soy lo que soy y estoy donde estoy.
    —Mira, Felipe —le había dicho su madre—. O cambias y te pones las pilas o un día te arrepentirás, porque ya no habrá vuelta atrás y serás un pobre sin cultura, que es lo peor que hay.
    Bueno, faltaban tres meses para los exámenes de septiembre. No iba a ponerse ya a estudiar y leer, nada más acabar el cole. Necesitaba un descanso.
    Desconectar.
    Esa era la palabra. Los mayores la usaban mucho, ¿no? Pues él también.
    A lo mejor por eso su madre no le había puesto en pie antes, para que «desconectara».
    Tenía que ducharse, lavarse los dientes y vestirse. Cosas que le daban siempre pereza, pero más en vacaciones. Qué manía con la ducha. Y qué manía con lo de los dichosos dientes. Total, se le caerían con setenta u ochenta años, como al abuelo Valerio. Si se los lavaba por la noche, ¿para qué volver a lavárselos por la mañana? ¡No los había usado, por lo tanto seguían limpios!
    Mientras salía de la habitación, hizo memoria.
    ¡Había quedado con Ángel para jugar al fútbol en el parque!
    Vale, ese sí era un buen plan.
    Así que fue a buscar a su madre, que como trabajaba de traductora en casa, no tenía un horario riguroso ni se pasaba el día en la calle.

2
La gimnasta



S u madre estaba en la terraza de la galería haciendo…
    —Mamá, ¿qué haces?
    —Pues gimnasia.
    Felipe abrió los ojos.
    ¿Gimnasia?
    Su madre tenía cuarenta años, era alta, todo el mundo decía que muy guapa, ojos grandes, nariz perfecta, cabello largo y negro, buena figura. Su padre la adoraba. A veces la miraba y le soltaba a él:
    —Tienes la madre más preciosa del mundo.
    Se querían, claro.
    Ahora su madre hacía gimnasia.
    Allí, en mitad de la terraza, luciendo un ajustado top y unos pantaloncitos, a la vista de todo el mundo, porque había casas más altas que la suya. Se estiraba por aquí, se estiraba por allá, brazos, piernas, hacía flexiones, inspiraba, soltaba el aire y así una y otra vez.
    Agotador.
    Y además tan inútil.
    Él hacía lo mismo pero jugando al fútbol, y así se divertía.
    — ¿Vas a quedarte ahí mirándome como un pasmarote? —le soltó de pronto.
    Felipe reaccionó.
    Solía quedarse absorto.
    — ¿Por qué haces gimnasia? —quiso saber.
    —Para ponerme en forma, que luego te descuidas y pasa lo que pasa.
    — ¿Qué es lo que pasa?
    —Pues que el día menos pensado te empieza a colgar todo.
    — ¿Y a ti cuándo te ha dado por eso?
    —Anoche. Me dije: Sonia, es el momento de cambiar. Y aquí estoy.
    No paraba.
    Hablaba y se movía. Estiraba las piernas, doblaba el cuerpo y tocaba el suelo con las palmas de las manos, hacía genuflexiones, giraba sobre su cintura.
    A su madre le pasaba algo.
    Cuarenta años. Ya era mayor. La pobre.
    — ¿Eso que te ha dado tiene que ver con lo de la monopausia?
    —Meno, no mono —le corrigió—. Menopausia —luego le miró de soslayo, frunció el ceño y preguntó—: ¿Dónde has oído tú esa palabra si no lees nada?
    —En el cole —pasó por alto su pulla—. Uno dijo que la Florencia suspendía porque estaba monopúsica… bueno, menopáusica.
    — ¡Qué tonterías! —se enfadó ella—. ¡Y qué manera de faltar el respeto! ¡Sois tontos y encima les echáis la culpa a los demás! — Se enfadó aún más y agregó—: ¡Y no, no estoy menopáusica! Eso les pasa a las mujeres mayores cuando dejan de menstruar. Les cambia el carácter un poco, solo eso. No pasa nada. Forma parte de la vida —el enfado llegó al máximo y gritó—: ¡No digas palabras que no entiendes! ¡Es insultante!
    — ¿Entonces estás bien?
    — ¡Pues claro que estoy bien! ¡Pesado! ¡Quieres dejarme en paz, que me
desconcentras!
    —Vale.
    Pero no se movió de donde estaba.
    Su madre puso cara de fastidio.
    — ¿Has desayunado?
    —No.
    —Pues hala.
    Qué raro. No le reñía por haberse levantado tan tarde, ni le echaba la bronca por no haberse duchado. Más aún: no le preparaba el desayuno.
    Rarísimo.
    Desde luego, los mayores estaban locos. Era imposible entenderlos. Lo que un día era sagrado al otro dejaba de serlo. Se explicaban fatal.
    Iba a tener que hacerse el desayuno él.
    La pera.
    Fue a la cocina, cogió un tazón, lo llenó de cereales; luego abrió el frigorífico y tomó la botella de leche. Casi la derramó cuando se le fue la mano. No dejaba de pensar en su madre haciendo gimnasia.
    Una vez desayunado, sin devolver la leche a la nevera, metió el tazón en el fregadero pero ni tan solo abrió el grifo para remojarlo y evitar que los restos del cereal se pegaran.
    Se asomó a la galería.
    Su madre seguía igual.
    Qué raro que no le controlara.
    Bueno, mejor.
    Felipe fue a su habitación para vestirse, pasando de la ducha y de lavarse los dientes. Con su madre ocupada, seguro que no se daba cuenta. Se puso los pantalones de deporte y buscó su camiseta favorita, la de su equipo, para jugar al fútbol con ella.
    Pero la camiseta no estaba allí.

3
Primera alarma

Felipe regresó a la galería muy enfadado.
    Se cruzó de brazos y así, en tono amenazador, dijo:
    —Mamá, ¿y mi camiseta de fútbol?
    —Ah, no lo sé —respondió ella dando saltitos con las rodillas muy levantadas mientras soltaba aire a pequeños soplidos.
    — ¿Cómo que no lo sabes?
    Su madre era la reina del control. Aquella era una respuesta imposible.
    — ¿No está en tu cuarto?
    — ¡No, y la necesito hoy!
    —Pues qué raro.
    Ni se inmutaba. A lo suyo. Salto, estiramiento, pierna por aquí, pierna por allá…
    Felipe abrió la boca.
    Volvió a cerrarla.
    ¡Su madre pasaba de él!
    Alucinante.
    Apretó los puños y, como un toro furioso, se fue directo al lavadero. Una vez en él revolvió en el cesto de la ropa sucia.
    Lo que temía.
    Su camiseta estaba allí, en el fondo, sucia, arrugada, manchada y oliendo fatal.
    ¡No iba a poder ponérsela!
    ¿Cómo pretendía ELLA que jugara al fútbol con otra camiseta?
    — ¡Aaah…! —se enfadó aún más.
    Regresó a la galería. Su madre se había sentado en el suelo. Trataba de tocarse la punta de los pies con los brazos extendidos. Estaba roja por la tensión y el esfuerzo.
    — ¡Mamá! —el grito casi la hizo saltar—. ¡Mi camiseta está sucia!
    Ella le miró. No movió ni un músculo.
    Solo puso cara de sorpresa, y tampoco mucha.
    —Oh, vaya —se encogió de hombros.
    — ¿Cómo que «¡Oh, vaya!» —Felipe no podía creerlo—. ¡Lleva dos días en el cesto!
    — ¿Ah, sí?
    — ¡No la has lavado! —gritó exasperado.
    Ahora sí, su madre puso una cara muy curiosa, como de desconcierto.
    — ¿Yo? —dijo remarcando la «o»—. Pero si la que lava las cosas es la lavadora. Se lo dije a ella. Lo recuerdo perfectamente.
    Su madre debía de llevar mucho rato al sol. Se le había ablandado el cerebro. O eso o estaba enferma.
    — ¿Cómo que… se lo dijiste a la lavadora? —tartamudeó él, desconcertado.
    —Sí, ayer, lo recuerdo perfectamente. Le dije: «Lava esto que Felipe lo necesitará para jugar al fútbol».
    —Mamá, que la lavadora no funciona sola.
    Por un momento pareció que fuera a echarse a reír. Pero no. Mantuvo el tipo. Es más, consiguió tocarse la punta de los pies haciendo un esfuerzo y luego dejó caer los brazos, agotada. Siguió mirando a su hijo con cara de inocente, como si la cosa no fuera con ella.
    —Ya me parecía a mí —chasqueó la lengua.
    — ¡Mamá!
    — ¿Qué? ¡Ay, Felipe, deja de gritar!
    — ¿Estás en plan pasota?
    — ¿Yo? Para nada.
    — ¿Te pasa algo?
    — ¿A mí? No. ¿Tú sabes cómo se pone una lavadora?
    La pregunta le pilló de improviso, desconcertándole.
    —Bueno… se abre la tapa, se mete la ropa, se le echa jabón y… ya está, digo yo, no sé.
    —Pues hala, prueba —le hizo un gesto displicente con la mano para indicarle que ya podía retirarse.
    Su madre se había vuelto loca. Decidida y rematadamente loca. La pobre. Su trabajo, cuidar la casa, sus suspensos… Era fuerte, o lo parecía, mucho más que otras madres, pero al final, la edad, la mono… menopausia o lo que fuera, había podido con ella.
    Habría que meterla en una residencia para ancianos el día menos pensado.
    —Mam…
    Se quedó a medias.
    Su madre, tumbada boca abajo, intentaba tocarse el trasero con los pies.
    Felipe la dejó sola, rendido.

4
Madres, madres, madres

L a prueba final de que algo estaba sucediendo llegó al irse de casa.
    Por lo general, había que discutir, pactar, prometer volver a la hora, jurar portarse bien, no meterse en líos, cruzar la calle por el semáforo y un largo etcétera. Con los dos cates de mochila, el peligro eran los castigos, que no le dejaran salir, una venganza típicamente adulta.
    Por más que luego dijeran que se pasaba el día en su cuarto jugando con la consola y estaba blanco porque no le tocaba el aire ni hacía vida sana y que se iba a poner enfermo en invierno.
    — ¡Me voy! —anunció desde la puerta.
    Silencio.
    — ¡Mamá, me voy! —gritó aún más.
    Y desde la terraza, en pleno esfuerzo gimnástico, ella le respondió con un simple y lacónico:
    — ¡Bien!
    Ninguna prevención, adoctrinamiento, nada.
    Bueno, ya pensaría en ello después. Ahora…
    Echó a correr, cerró la puerta de golpe, saltó los escalones de tres en tres, evitó llevarse por delante a la señora Elvira, la del tercero, que le tenía fobia al ascensor y subía y bajaba a pie, y atravesó el vestíbulo pisando justo por encima de donde el conserje, el señor Federico, acababa de fregar. Ni los gritos de la señora Elvira, literalmente aplastada contra la pared como una cornucopia, ni los del señor Federico, blandiendo su fregona como una espada, lograron detenerle.
    ¿Qué culpa tenía
él de que la señora Elvira subiera y bajara a pie a sus años, y de que al señor Federico le diera por ponerse a fregar el vestíbulo a esa hora? ¿Qué querían? ¿Qué volara?
    Desde luego, el mundo estaba majara.
    Cuando Ángel le vio llegar se quedó muy tieso.
    — ¿Qué es eso? —señaló su camiseta.
    En casa no le habían quedado más que dos opciones. Ponerse una camiseta cualquiera o sacar la sucia, a pesar de las manchas, el olor y todo lo demás.
    Había escogido la segunda.
    Total, volvería a ensuciarla.
    — ¿Qué va a ser? Mi camiseta.
    —Huele a un kilómetro.
    —Porque eres un narizotas. Si tuvieras una nariz normal, como la mía, no olerías nada.
    —No seas burro.
    —Y tú no seas idiota.
    Echaron a andar hacia el campo de fútbol, donde ya se habían reunido algunos de los chicos del barrio. Podían empezar a patear la pelota mientras esperaban al resto para formar los equipos. Ángel se dio cuenta de que a su amigo le sucedía algo.
    — ¿Ha habido bronca?
    —No.
    —Pues si a mí, con un suspenso, casi me condenan a la silla eléctrica, a ti, con dos…
    —Que no es eso.
    —Vale.
    Se rindió. A fin de cuentas, Ángel era su mejor amigo.
    —Es mi madre —dijo—. Está muy rara hoy.
    —La mía lo está siempre.
    —Dice que le ha hablado a la lavadora.
    —Bueno, la mía le habla a la tele, y hasta le grita.
    —Estaba haciendo gimnasia.
    —La mía hace puzles. Es una fanática de los puzles.
    Felipe se sintió irritado.
    — ¿Esto qué es? ¿Un concurso de madres raras?
    —Tú has empezado.
    No llegaron hasta donde estaban los demás. Felipe tenía el ceño fruncido y cara de muy malas pulgas. El comportamiento de su madre era de lo más inusual, extraño. Se había levantado tarde, no se había duchado ni lavado los dientes, había tenido que prepararse el desayuno. Ningún control. Nada. Y, encima, lo de la lavadora. Y, como guinda, lo de la gimnasia.
    ¿Iba a ser así todo el verano?
    Le entró un sudor frío.
    ¿Siempre?
    —Venga, hombre —le dio un codazo Ángel—. Ya sabes que los mayores tienen días y días, que no siempre están igual. Hoy te ríen una gracia y mañana eso mismo les carga y te sueltan un sermón.
    —Mi madre no —exhaló—. Va a piñón fijo.
    Miraron el campo de juego. El día era espectacular. Prometía. Y más con todo un verano por delante, las vacaciones en dos semanas y septiembre muy, muy lejos.
    Tenía tiempo de sobra para aprobar mates y lengua.
    Total…
    —Vamos a jugar —se decidió Felipe.

 

Actividades:

1.     Identifica los personajes que se nombran en el libro.

2.     Escribe cinco características de cada personaje.

3.     Escribe 10 preguntas con sus respectivas respuestas, de acuerdo a los capítulos.

4.     Identifica las acciones incorrectas de Felipe hacia sus padres.

5.     Escribe 15 palabras claves de los capítulos.


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