GUÍA SEXTA -PLAN LECTOR- SEXTO GRADO
GUÍA SEXTA -PLAN LECTOR- SEXTO GRADO
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INSTITUCION EDUCATIVA OCTAVIO HARRY-JACQUELINE
KENNEDY DANE 105001003271 - NIT 811.018.854-4 -
COD ICFES 050963 // 725473 |
Código: FA 21 Fecha: 20/04/2020 |
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Guía de aprendizaje por núcleos temáticos No 6 |
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Docente (s): |
Nayive Melo Duque |
Grados: |
6° |
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Año: |
2021 |
Período: |
2° |
Núcleo Temático: |
Plan lector. |
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Objetivo de la guía de acuerdo con los objetivos de grado: |
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Indicadores de desempeño: |
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1. Lee, interpreta y
analiza algunos capítulos del libro: “querido hijo: estamos en huelga”. 2. fortalece la lectura comprensiva a través de textos
seleccionados para plan lector y desarrolle así su pensamiento crítico,
divergente y evaluador. 3. Relaciona los textos leídos con la realidad de su
contexto y cotidianidad. |
Introducción:
¡Cordial saludo queridos estudiantes! Espero hayan descansado y
retomado nuevas fuerzas, apliquen nuevas estrategias de estudio y apliquen todo
su potencial en las guías.
Recuerden que las estas son el medio de aprendizaje, es una
herramienta esencial para trabajar con ellas en casa y en el colegio.
Por otro lado, les recuerdo que deben esforzarse por su caligrafía, y
ortografía, trabajen ordenadamente y sigan el paso a paso de las actividades a
desarrollar.
No olvides que, tus profes, te
queremos mucho.
Un abrazo gigantesco para ti y tu familia.
5
Una mañana asquerosa
No fue la mejor de las mañanas.
Más bien fue asquerosa.
Los dos que más sabían jugar al fútbol, Javi y Andrés,
eran los que siempre escogían, y a él le escogieron el penúltimo, como si fuera
un torpe o no le quisieran. Encima, Ángel estaba en el otro equipo y le dio por
marcarle.
A la primera entrada, Felipe se fue al suelo.
— ¡Eh, bestia! —protestó.
Su amigo puso cara de inocente.
A la segunda entrada, más que irse al suelo voló por
los aires.
Se dio un leñazo de mucho cuidado en el trasero, y
contra la parte más dura y pedregosa del campo.
— ¿Se puede saber de qué vas hoy? —se quejó Felipe.
—En el campo no conozco ni a mi padre —le soltó Ángel.
Eso lo habían oído hacía unos días de boca de Pedrinho,
la estrella del equipo local.
Todos le habían aplaudido.
—Si hubiera árbitro te expulsaría —dijo Felipe.
—Pero como no lo hay…
Decidió irse al otro lado, para que no le marcara
Ángel. Lo malo es que en el otro lado estaba el bestia de Josema, que le sacaba
un palmo y cuando lanzaba la pierna nunca sabía si iba a darle a la pelota o al
rival.
Felipe lo comprobó cuando se la hundió en el estómago.
Tuvo que retirarse a la banda a recuperar el aliento.
Por suerte, cinco minutos después, la madre de Josema
se presentó en el parque pegando gritos y se lo llevó casi a rastras. La madre
medía dos palmos menos que Josema, así que la escena fue muy interesante.
Su nuevo marcador era Miguelito, un canijo.
Por fin pudo jugar más. Ya estaban dos a dos.
Pero siguió siendo una pésima mañana.
Obdulio, al que todos llamaban Obiuankenobi, le sirvió
un gol en bandeja. No tenía más que empujar el balón a la red pero… a un metro
de la línea de gol lo mandó a las nubes.
Felipe se quedó mirando el suelo, buscando la maldita
piedra causante de aquel desaguisado.
A la siguiente jugada pasó casi lo mismo. El defensa
rival hizo un mal despeje y el balón le cayó a los pies. No tenía más que
colocarlo a la derecha del portero con un suave toque…
Se le fue más allá del palo.
— ¡Te voy a poner de portero! —le gritó furioso Javi.
Se concentró. Ya perdían por dos a tres cuando hizo su
gran jugada. Logró irse del defensa, se metió en el área, intentó driblar al
central, lo consiguió, y ya encarando al portero, este le placó como si en
lugar de jugar al fútbol lo hicieran al rugby.
Penalti.
No pudo ni coger la pelota. Lo hizo Javi.
—Quiero tirarlo yo —se quejó Felipe—. ¡El penalti me lo
han hecho a mí!
Le bastó con ver la cara de su capitán para no
insistir.
Gol.
Tres a tres.
Y nada más sacar de centro, el mismo Javi robó la
pelota y marcó el cuarto gol, en plan figura.
Iban a ganar.
Quedaba poco para acabar el partido, y como los
oponentes atacaban en desbandada, hubo que defender. Todos. Era ya el último
minuto y la pelota se fue a córner. Felipe se quedó bajo los palos. La pelota
voló y fue a parar a la cabeza de Ángel, que estaba solo. Bajito o no, aunque cerró
los ojos, logró impactarla de lleno.
El balón fue directo a Felipe.
Le bastaba con despejarlo y ¡partido ganado!
Lo que sucedió… fue de lo más extraño e imprevisible.
Primero el lío, como si tuviera una pierna de madera, después el susto, finalmente
el miedo. Todo ello en menos de un segundo, lo que duró el vuelo de la pelota
tras el remate de Ángel.
El gol no lo hizo su amigo, se lo metió él mismo,
Solito.
Y encima, al caer al suelo, se le rasgó la camiseta y
se dio con la rodilla en el poste.
Mientras los del equipo rival rodeaban a Ángel para
abrazarlo, los del suyo lo rodearon a él, que seguía en el suelo, poco menos
que para matarlo.
Sus caras no eran nada amigables.
— ¡Qué malo eres!
— ¡No te vuelvo a coger más, aunque falten jugadores!
— ¡Nenaza!
O se peleaba con todos, y llevaba las de perder, o se
resignaba y se hacía el duro.
Se resignó, aunque lo de hacerse el duro…
— ¡Qué pasa? ¡Llevaba efecto! ¡Y además, la culpa es de
Mateo! ¿Dónde estaba Mateo, eh? ¡El portero tiene que salir de puños!
— ¿Quieres ver mi puño? —le amenazó Mateo.
Cuatro a cuatro. Para desempatar tiraron penaltis.
Casualmente Javi falló el suyo y perdieron. Pero al contrario que a él, todos
fueron a consolarlo.
—Qué mala suerte.
—Si es que esto es una lotería.
—Es culpa del campo, que cada día está peor.
Felipe se cansó y sin despedirse emprendió el camino de
vuelta a su casa. A los pocos pasos le alcanzó Ángel, feliz por la victoria y
como si no pasara nada.
— ¿Qué hacemos esta tarde? —le preguntó.
—Nada.
— ¿Cómo que nada? ¿Te han castigado?
—Creo que me quedaré a estudiar mates —Felipe le
fulminó con una mirada tipo rayo láser, aunque con efectos menos mortales—.
Mejor esto que aguantar según qué.
— ¡Huy, cómo te pones! —Suspiró su amigo—. ¿Y eso del
ferpley?
—¿El qué?
—El
ferpley,
lo de que cuando uno se cae los rivales echan la pelota fuera o si le da un
pasmo al portero no le chutan.
—No se dice así.
— ¿Ah, no? ¿Y cómo se dice?
—No lo sé, pero así no.
Ángel miró por encima de su cabeza fingiendo buscar
algo con el ceño fruncido.
— ¿Y ahora qué? —se quejó Felipe.
—Nada, busco la nube que llevas todo el rato encima.
— ¡Mira, paso! —le dio la espalda y se encaminó a su
casa con un humor de perros.
— ¡Hasta luego, figura! —le despidió Ángel socarrón.
Luego echó a correr porque Felipe ya se había agachado
para coger una piedra.
6
Marchando una pizza
Llegó a su casa a una hora más que decente, con la camiseta rota, la rodilla
pelada y su orgullo pisoteado. La rodilla era una herida «de guerra». Lo otro
no. Su querida camiseta. Su honor.
—A ver qué pasa ahora —puso cara de circunstancias.
Esperaba tropezarse con el sargento de guardia, o sea,
su madre en plan inspector general. Pero nada más abrir la puerta con lo que se
encontró fue con el silencio.
¿Y si todavía estaba con lo de la gimnasia?
— ¿Mamá?
Nada.
Lo comprobó. Terraza, galería, comedor, salón, cocina,
el cuarto de baño, habitaciones…
Casi la hora de comer y no estaba en casa.
Increíble.
Fue a su cuarto, se quitó la camiseta y contempló el
roto. Su madre tendría que esmerarse para dejarla bien y que no se notara.
Porque comprarle otra… entre los suspensos y lo que costaban… No supo si volver
a llevarla al lavadero o ponerla a la vista para que ella misma se diera cuenta
del desastre.
La dejó en el cesto de la ropa sucia, pero arriba de
todo, con el roto por delante.
Faltaban quince minutos para la hora de la comida.
Y entonces oyó el ruido de la puerta al abrirse.
Luego una voz.
— ¡Hola!
Su padre.
Salió a recibirle. Cuando era pequeño corría por el
pasillo y se echaba en sus brazos. Ahora era mayor, y con las broncas de los
suspensos…
Mejor la cautela.
—Hola, papá.
—Hola, Felipe, ¿qué hay?
—Mamá no está.
Pensaba que su padre se mostraría extrañado, o incluso
enfadado, aunque por la cuenta que le tocaba no era nada machista.
Pero no.
—Ah, sí, ya lo sé —dijo—. Me ha llamado. ¿Pedimos unas
pizzas?
Felipe abrió unos ojos como platos.
¿Pizzas?
Solo pedían pizzas algunas noches, como algo
excepcional, porque sus padres eran de los de «comer sano», verduritas y cosas
así.
— ¿Quieres pedir pizzas… para comer? —quiso dejarlo
claro.
—Sí, bien ¿no?
—Sí, sí —Felipe movió la cabeza de arriba abajo un par
de veces, vehemente.
—Siempre quieres pizzas —dijo su padre.
—Que sí, que sí —insistió para que no fuera a cambiar
de idea.
—Pues ya está. ¿De qué la quieres?
Su padre parecía de buen humor. Después de los dos
cates era algo maravilloso, extraordinario. A lo mejor si le pedía otra
camiseta se la compraba.
—Cuatro Estaciones.
—Yo la pediré… de carne —se sacó la cartera del
bolsillo y le tendió un billete de cincuenta euros—. Los llamo yo, pero como
voy a estar ocupado, cuando vengan pagas tú, ¿de acuerdo?
—Sí, papá.
Su padre desapareció en su habitación y él se metió en
el baño para hacer pis.
—Le habrán subido el sueldo —murmuró Felipe—. Y además
ya hace buen tiempo, y llega el verano…
Salió del cuarto de baño y fue a su habitación a jugar
con la consola mientras esperaba la llegada de las pizzas. Nada más sentarse en
su mesa de estudio se dio cuenta de algo.
La consola no estaba allí.
Buscó bien: la mesa, los cajones, el armario…
Luego se estremeció.
¿Y si se la habían requisado por culpa de los dos
suspensos?
Le entró un sudor frío.
Todo el verano sin jugar.
—Ay —suspiró mientras sentía un nuevo escalofrío.
Salió de la habitación dispuesto a todo. A pelearse con
quien fuera si hacía falta. ¡Los cates eran los cates y los derechos humanos
los derechos humanos! Llegó al salón y cuando se disponía a hablar con su
padre, se quedó paralizado y con la boca abierta.
La consola, su estupenda
M-Box 97 Flash-up,
estaba allí.
La tenía su padre.
Estaba jugando a matar marcianos con ella.
7
Matando marcianitos
S
e quedó mirando a su desconocido padre como si fuera la primera vez que le
veía. Aunque desde luego era la primera vez que le veía así.
Despeinado, descompuesto, haciendo muecas, agitándose
en la butaca mientras sus manos le daban a los resortes del mando.
— ¡Así, así!…
¡Bien!…
¡Toma ya, asqueroso mutante, bicho repelente!… ¡Huy!… ¿Quieres caña? ¡Toma
caña!… ¡Yeeeeppp-aaa!
— ¡Papá!
Ni caso.
— ¡Vamos, venid, venid a por mí, marcianos de las
narices!
— ¡Papá!
— ¡Cállate, Felipe, no me distraigas, que voy a batir
el récord! —dijo mientras casi saltaba de la butaca sin dejar de disparar con
el mando.
¿Aquel era
su
padre?
Felipe estaba seguro de que ya nunca podría olvidar su
expresión de locura.
Esperó un minuto. Dos.
Acabó la partida, pero se quedó en la butaca, jadeando,
sudoroso, con el pelo de punta y la misma expresión de locura de un par de
minutos antes.
— ¡Qué pasada! —gritó por fin, emocionado, cerrando un
puño en señal de victoria.
Felipe decidió tener calma.
—No sabía que te gustaba la consola —dijo.
— ¿Gustarme? ¡Es genial!
—Ah.
— ¿Han traído las pizzas?
—No.
—Entonces vete. Avísame cuando lleguen. ¡Voy a batir el
récord otra vez!
—Papá, que la consola es mía.
La mirada que le lanzó su progenitor no auguraba nada
bueno.
—No seas plasta, venga. Déjame jugar —se dispuso a
comenzar de nuevo.
— ¡Que quiero jugar yo!
—Lo siento pero me toca. Anda, estudia o lee o haz
algo, pero no molestes.
¿Molestar?
Primero su madre y la gimnasia. Ahora su padre y la
consola. Allí estaba pasando algo muy raro.
— ¿Jugamos juntos? —propuso el chico indeciso.
—No.
Fue tan categórico que Felipe alucinó todavía más. Por
lo general, era su padre el que quería jugar con él, pero él se negaba porque
se creía muy mayor para ello.
— ¿Por qué?
—Porque cuando te gano te enfadas.
—No vas a ganarme.
— ¡Ja, ja! — se rió y añadió—: ¡Largo!
— ¡La consola es mía! —se desesperó Felipe.
Eso sí hizo que su padre le mirara fijamente.
— ¿La pagaste tú?
—Fue un regalo.
El hombre hizo memoria.
— ¡Oh, sí, ya me acuerdo! —Alzó las cejas—. Bueno, pues
queda confiscada.
— ¿Cómo que…?
—Requisada por la autoridad competente —debió de
parecerle gracioso el apelativo porque sonrió con sadismo—. Mira qué bien.
—Bueno, ya vale, ¿no?
No, no valía.
Su padre se puso serio.
—Felipe, ¡largo!
Conocía el tono. Vaya si lo conocía. Era el mismo que
había empleado el día de los suspensos.
No podía creerlo.
La consola… confiscada.
El peor de los cataclismos.
Una vida sin consola era…
¡Nada!
Apretó los puños y le lanzó una mirada fulminante,
aunque su padre, que ya había empezado la nueva partida, ni se enteró, y caminó
hacia su cuarto igual que si pisara uvas, con toda su desolación por bandera.
Una vez a solas, se sintió desesperado.
Tanto, pero tanto, que cogió un libro.
¿Querían un robot, una máquina, un
listillo-todo-matrículas, era eso?
Intentó concentrarse en la lectura.
No pudo.
Estaba sucediendo algo. Lo tenía claro. Algo extraño y…
siniestro. Recordó una película en la que unos extraterrestres se apoderaban de
la voluntad de la gente. ¿Era eso? ¿Estaban poseídos sus padres? ¿Tanto como
para que ella hiciera gimnasia, le hablara a la lavadora, no estuviera a la
hora de comer, y a él le diera por matar marcianitos?
Intentó leer.
Lo intentó.
Y pese a la furia y la desazón, al final lo consiguió.
Veinte minutos después, cuando el repartidor de pizzas
llamó al timbre, Felipe estaba verdaderamente inmerso en la lectura del libro,
que era estupendo.
Fue a abrir la puerta y oyó la voz de su padre, que
seguía jugando en el salón.
— ¡Sí!… ¡Muere, guarro!… ¡Toma ya!… ¡Setecientos
noventa mil!… ¡Bang, bang, bang!
Actividades:
1. Lee los siguientes
capítulos del libro; “querido hijo: estamos en huelga”.
2.
De cada capítulo crea cinco preguntas con sus
respectivas respuestas.
3.
Escribe cinco momentos relevantes de los capítulos.
4.
Realiza un escrito reflexivo donde se evidencie cómo
debe sentirse el protagonista ante el cambio radical que tuvieron sus padres
con él.

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