GUÍA OCTAVA PLAN LECTOR 6°
GUÍA OCTAVA PLAN LECTOR 6°
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INSTITUCION EDUCATIVA OCTAVIO HARRY-JACQUELINE
KENNEDY DANE 105001003271 - NIT 811.018.854-4 -
COD ICFES 050963 // 725473 |
Código: FA 21 Fecha: 20/04/2020 |
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Guía de aprendizaje por núcleos temáticos No 8 |
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Docente (s): |
Nayive Melo Duque |
Grados: |
6° |
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Año: |
2021 |
Período: |
3° |
Núcleo Temático: |
Plan lector |
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Objetivo de la guía de acuerdo con los objetivos de grado: |
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Desarrollar las habilidades comunicativas de lectura, escritura y
expresión oral a través de un proceso integrado, con todos los temas vistos
durante el año lectivo; teniendo como base los lineamientos curriculares y
los estándares básicos de aprendizaje en el área de Plan lector. |
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(Cognitiva) Relaciona, identifica, deduce
información para construir el sentido global de un texto. (Procedimental) Prevé el plan textual,
organización de ideas, tipo textual y estrategias discursivas atendiendo a
las necesidades de la producción, en un texto comunicativo particular. (Actitudinal) Desarrolla con gran compromiso
la propuesta de la guía resumen en forma responsable y puntual. |
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Indicadores de desempeño: |
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1.
Realiza
ejercicios que le permiten la práctica y la teoría. 2.
Expresa desde
lo oral y escrito su pensamiento, haciendo uso de un lenguaje significativo y
fluido. |
Introducción:
¡Cordial saludo
queridos estudiantes! Es ésta guía resumen, quiero que repases y definas todos
los conceptos más importantes, con éstos temas trabajados durante todo el año
lectivo son y serán de gran aporte para afianzar tu aprendizaje en el próximo
año.
Quiero que
desarrolles cada actividad con gran empeño, constancia y disciplina.
Recuerda que eres
un ser muy importante para tu familia colegio y sociedad y por ende debes
demostrarte a ti mismo que haces las cosas con dedicación, entusiasmo y compromiso.
Sabes que puedes
despejar tus dudas a través del proceso de alternancia, en los encuentros
pedagógicos.
Ah y mi correo
es, nayivetareas11@hotmail.com no olvides
escribir en el asunto tu nombre completo y el grado, recuerda que debe ser
letra legible, ordenada (a lapicero) y con una excelente ortografía.
No olvides que,
tus profes, te queremos mucho.
Un abrazo gigantesco para ti y tu
familia.
EL TERROR DE SEXTO B
Frida
De regreso al estudio. Otra vez, primer día de colegio.
Faltan tres meses, veinte días y cinco horas para las próximas vacaciones. El
profesor no preparó clase. Parece que el nuevo curso lo toma de sorpresa. Para
salir del paso, ordena con una voz aprendida de memoria:
—Sacad el cuaderno y escribid, con bolígrafo azul y
buena letra, una composición sobre las vacaciones. Mínimo una hoja por los dos
lados, sin saltar renglón. Ojo con la ortografía y la puntuación. Tenéis
cuarenta y cinco minutos. ¿Hay preguntas?
Nadie tiene preguntas. Ni respuestas. Sólo una mano que
no obedece órdenes porque viene de vacaciones. Y un cuaderno rayado de cien
páginas, que hoy se estrena con el viejo tema de todos los años:
« ¿Qué hice en mis vacaciones?»
«En mis vacaciones conocí a una sueca. Se llama Frida y
vino desde muy lejos a visitar a sus abuelos colombianos. Tiene el pelo más
largo, más liso y más blanco que he conocido. Las cejas y las pestañas también
son blancas. Los ojos son de color cielo y, cuando se ríe, se le arruga la nariz.
Es un poco más alta que yo, y eso que es un año menor. Es lindísima.
Para venir desde Estocolmo, capital de Suecia, hasta
Cartagena, ciudad de Colombia, tuvo que atravesar prácticamente la mitad del
mundo. Pasó tres días cambiando de aviones y de horarios. Me contó que en un
avión le sirvieron el desayuno a la hora del almuerzo y el almuerzo a la hora
de la comida y que luego apagaron las luces del avión para hacer dormir a los
pasajeros, porque en el cielo del país por donde volaban era de noche.
Así, de tan lejos, es ella y yo no puedo dejar de
pensar en ella un solo minuto. Cierro los ojos para repasar todos los momentos
de estas vacaciones, para volver a pasar la película de Frida por mi cabeza.
Cuando me concentro bien, puedo oír su voz y sus
palabras enredando el español. Yo le enseñé a decir camarón con chipichipi,
chévere, zapote y otras cosas que no puedo repetir. Ella me enseñó a besar.
Fuimos al muelle y me preguntó si había besado a alguien, como en las
películas. Yo le dije que sí, para no quedar como un inmaduro, pero no tenía ni
idea y las piernas me temblaban y me puse del color de este papel.
Ella tomó la iniciativa. Me besó. No fue tan difícil
como yo creía. Además fue tan rápido que no tuve tiempo de pensar “qué hago”,
como pasa en el cine, con esos besos larguísimos. Pero fue suficiente para no
olvidarla nunca. Nunca jamás, así me pasen muchas cosas de ahora en adelante.
Casi no pudimos estar solos Frida y yo. Siempre estaban
mis primas por ahí, con sus risitas y sus secretos, molestando a los “novios”.
Sólo el último día, para la despedida, nos dejaron en paz. Tuvimos tiempo de
tomar un granizado y de caminar a la orilla del mar, tomados de la mano y sin
decir ni una palabra, para que la voz no nos temblara.
Un negrito pasó por la playa vendiendo anillos de carey
y compramos uno para cada uno. Alcanzamos a hacer un trato: no quitamos los
anillos hasta el día en que volvamos a encontrarnos. Después aparecieron otra
vez las primas y ya no se volvieron a ir. Nos tocó decimos adiós, como si
apenas fuéramos conocidos, para no ir a llorar ahí, delante de todo el mundo.
Ahora está muy lejos. En “ esto es el colmo de lo lejos
”, ¡en Suecia! y yo ni siquiera puedo imaginarla allá porque no conozco ni su
cuarto ni su casa ni su horario. Seguro está dormida mientras yo escribo aquí
esta composición.
Para mí la vida se divide en dos: antes y después de
Frida. No sé cómo pude vivir estos once años de mi vida sin ella. No sé cómo
hacer para vivir de ahora en adelante. No existe nadie mejor para mí. Paso
revista, una por una, a todas las niñas de mi clase (¿las habrá besado
alguien?).
Anoche me dormí llorando y debí de llorar en sueños
porque la almohada amaneció mojada. Esto de enamorarse es muy duro…»
Levanto la cabeza del cuaderno y me encuentro con los
ojos del profesor clavados en los míos.
—A ver, Santiago. Léenos en voz alta lo que escribiste
tan concentrado.
Y yo empiezo a leer, con una voz automática, la misma
composición de todos los años:
«En mis vacaciones no hice nada especial. No salí a
ninguna parte, me quedé en la casa, ordené el cuarto, jugué al fútbol, leí
muchos libros, monté en bicicleta, etcétera, etcétera».
El profesor me mira con una mirada lejana, incrédula,
distraída. ¿Será que él también se enamoró en estas vacaciones?
El día en que no hubo clase
Era domingo en su peor hora. Seis en punto de la tarde.
Al otro día, colegio. A Juan Guillermo se le hizo un nudo en el estómago. Ahí
en su cuarto estaba la mochila intacta, con todos los libros guardados, y las
tareas sin hacer.
Había pensado en hacerlas el viernes para salir de
«eso», pero luego llegó Pablo y lo invitó a montar en bicicleta.
«Las hago el sábado por la mañana», pensó Juangui, pero
el sábado se fue al mercado con la abuela.
«Las hago después», pero después era el cumpleaños de
Silvia y después estaba tan cansado que dijo «mejor el domingo por la mañana»,
pero el domingo se levantó tardísimo y, para completar, daban buenos programas
en la televisión y luego le tocó arreglar el cuarto y salir a almorzar y así
sucesivamente.
Al final, nunca hubo tiempo de hacer tareas… Era
domingo a la peor hora y el nudo en el estómago se enredaba cada vez más.
Entonces, para disimular los nervios, encendió la televisión.
—Sólo un ratito, por saber qué están dando y luego sí
empiezo. Total, a esta hora nunca hay buenos programas.
En la pantalla había una especie de mago: un mentalista
famoso con turbante en la cabeza y acento extranjero. Doblaba una cuchara con
las cejas fruncidas; el típico y viejo truco. La cuchara se dobló. Juan
Guillermo, como tantos millones de televidentes, obedeció las órdenes del
mentalista. Se fue a la cocina y trajo un tenedor. Hizo todo al pie de la
letra.
Frunció las cejas y cerró los ojos
para sacar la energía magnética del cerebro y doblar las moléculas del tenedor.
Nada. El tenedor no se inmutó. Juan Guillermo no pudo terminar su lección de
energía magnética porque lo llamaron a cenar.
Después de la cena, el mentalista se había ido de la
T.V. y en su lugar daban Guerra de Estrellas . La vio entera y después ya no
hubo manera de hacer las tareas porque el sueño le cerraba los ojos.
—Mañana en la parada le pido a Andrés que me explique
la tarea de matemáticas, por si me sacan a la pizarra.
Con esa idea, se le quitó un poco el nudo del estómago
y se durmió profundamente.
Adivinen con quién soñó… Pues con el mentalista y con
sus ejercicios de control mental…
El lunes, a la peor hora: ¡seis en punto de la mañana! sonó
puntual el despertador. Juan Guillermo se acomodó entre las mantas para
despedirse del sueño y se despertó una hora más tarde con los gritos de mamá.
—¡Mira que si te deja el bus, el castigo es para mí
porque me toca llevarte!
Y así fue. Juan Guillermo se tomó el chocolate sin pan
ni jugo, se bañó en sesenta segundos, salió con la corbata en una mano y el
peine en la otra y corrió sin parar, pero el bus ya iba en la otra esquina y no
pudo alcanzarlo.
Así que volvió a casa, con cara de niño regañado y
mamá, furibunda, con el pijama debajo del abrigo, salió rumbo al colegio
repitiendo la misma cantaleta reservada para esas ocasiones.
«Que pasara algo y no pudiera llegar», pensó Juan
Guillermo y, por pura casualidad, el coche dio tres estornudos y quedó parado
entre una fila de coches, en plena calle principal, en plena hora principal.
Mamá se bajó con el pijama asomando debajo del abrigo.
Pasó revista a todo el coche, desde las llantas hasta el motor, haciéndose la
que sabía de mecánica pero el coche no se creyó el cuento y siguió paralizado.
«Pobre mamá», pensó Juan. Se veía tan ridícula con su
cara de sueño y su pijama debajo del abrigo, que él intentó hacer algo. Se
acordó del mentalista y le ordenó a las moléculas del coche que se arreglaran.
Por pura casualidad, mamá le dio tres zapatazos a la batería y el coche
estornudó tres veces y quedó perfecto. Pero ya era tardísimo y el tráfico
estaba imposible.
—Llegas porque llegas —dijo mama y siguió su marcha sin
decir una palabra más.
Por fin, ¡a las ocho y veinte minutos! llegaron a la
puerta de hierro del colegio. Juan se bajó sin un beso porque mama seguía
iracunda.
«Qué lunes tan lunes», pensó. Y deseó con todas sus
fuerzas que ese día no hubiera clase.
Dentro todo estaba en silencio. El corredor, vacío de
niños y las puertas de todos los cursos cerradas. Juan Guillermo avanzó, con el
terrible nudo en el estómago, tratando de imaginar una buena disculpa para
decirle al profesor.
Por fin llegó a Cuarto «B». A primera hora,
matemáticas, le recordó el horario que estaba pegado fuera, y él no había hecho
la tarea, ya sabemos por qué. Juan Guillermo pegó la oreja a la puerta para
tratar de oír de qué iba la clase. El corazón le latía a mil por hora. Del
resto, no se oía nada. Silencio absoluto. El estómago se le enredó del todo, en
un nudo ciego. El silencio era síntoma de lo peor y lo peor era previa
sorpresa. Y cero seguro para él.
Con toda la valentía que alcanzó a reunir en su cuerpo,
Juan Guillermo Mantilla cerró los ojos, cruzó los dedos, recitó el famoso
Sortilegio para que no haya colegio y se obligó a entrar a clase, de un
empujón… Abrió la puerta y fue como si hubiera dado un salto al vacío.
Dentro no había clase. No había profesor ni alumnos. Ni
pizarra, ni pupitres, ni armario, ni carteleras, ni techo, ni piso, ni paredes.
Así como suena: no había clase . Detrás de la puerta, nada de nada. Cero
absoluto, conjunto vacío. Todo un lunes por delante. ¡Todo un lunes, entero y
nuevecito, y no había clase!
Un árbol terminantemente prohibido
En mi colegio hay muchas cosas terminantemente
prohibidas. No se pueden traer radios ni zapatos de colores. Tampoco se pueden
usar las medias por debajo de la rodilla ni la falda por encima de la medida.
Está prohibido subirse a los árboles, hacer guerra de agua, dejar comida en el
plato, pintar en la pizarra, leer cómics, reírse en clase, etcétera, etcétera.
Pero entre las mil trescientas prohibiciones del
reglamento, hay una escrita con mayúsculas y subrayada:
NO SE PUEDE TRAER NI COMER NI VENDER NI COMPRAR NI MASCAR CHICLE.
Es el peor enemigo de los profesores, quién sabe por
qué. Los chocolates, las paletas y toda la familia de los caramelos están
permitidos. El chicle no. Y si a uno lo pillan haciendo un globo o simplemente
saboreando con suavidad una insignificante «goma de mascar», le arman un
escándalo casi igual al que forman por suspender en conducta.
Por eso nos hemos inventado muchas formas de esconder
los chicles… Debajo del paladar o del pupitre, detrás de las orejas, a veces en
la suela del zapato o en otros escondites que seguro podéis imaginar, pero que
por simple prudencia, es mejor no escribir en esta página. (Nunca se sabe quién
pueda llegar a leer estos cuentos…)
Pues resulta que detrás de la ventana de nuestra clase,
en el huerto, había un escondite a prueba de lluvia y de profesores. Allá
enterrábamos todos los chicles ya masticados del curso, hasta que un día
apareció una mata misteriosa…
El lunes, cuando Acevedo la descubrió, no medía más de
30 centímetros y sus hojas de color violeta se veían equivocadas en medio de
tantas margaritas. El martes, a la hora del recreo, se había convertido en un
árbol respetable de uno con treinta de estatura y el jueves por la tarde ya era
mucho más alto que el sauce llorón del patio.
Entonces el profesor de biología llamó al Jardín
Botánico y el lunes siguiente llegaron siete sabios a examinar el árbol de pies
a cabeza. Hubo muchas discusiones a la hora de clasificarlo.
Algunos decían que era una variedad
del eucalipto, por el aroma de sus hojas. Otros creían que era un pariente de
la familia de los robles, por la firmeza de su tronco, y no faltó quien se
atreviera a confundirlo con una palma africana.
Mientras tanto, el árbol seguía creciendo un metro
diario sin ponerle atención a los comentarios, hasta que llegó a convertirse en
el más grande de América. Lo bueno fue que no hubo clase en toda esa semana. Se
armó una discusión interminable y todo el mundo venía a opinar y el director
tuvo que trasladarse, con escritorio, teléfonos y secretarias, debajo del
árbol, para contestar las preguntas de los informativos de televisión.
Cuando el árbol superó la talla de todos los árboles
del mundo, llegaron científicos, ecologistas, presidentes y periodistas de
todas partes. Los mayores estaban felices diciendo que «ahora sí teníamos en
nuestro país el árbol más grande del mundo». Nosotros estábamos todavía más
felices porque las raíces del árbol empezaron a crecer entre las clases de
Primaria. Entonces sólo había clases muy de vez en cuando y todas eran al aire
libre.
El colegio fue convirtiéndose poco a poco en la casa
del árbol y el rector tuvo que organizar un bazar para construir una nueva sede
campestre. En el tronco del árbol pusieron una placa de mármol con letras
doradas y el Presidente de la República vino a bautizarlo personalmente. Como
nadie sabía el nombre, inventaron uno larguísimo en latín, que es una lengua
muerta. Ese día tampoco hubo clase, con tantos discursos, y varios niños de
Infantil se desmayaron por aguantar todo el tiempo de pie, bajo los rayos del
sol y con uniforme de gala.
Han pasado ya dos años desde entonces y el árbol no ha
parado de crecer un solo día. Ahora mide más de trescientos kilómetros y pronto
empezará a hacerle cosquillas a las nubes. Dicen los científicos que cuando las
nubes se cansen de tantas cosquillas, habrá un aguacero parecido al diluvio
universal, pero muchísimo más corto.
Sólo nosotros, los de Quinto «A», sabemos que en vez de
agua, lloverán chicles de todas las marcas, colores y tamaños. Y habrá que
salir a recogerlos con bolsas, baldes, maletas y maletines, para evitar una
inundación.
Al día siguiente al diluvio, cuando todo el mundo
descubra el misterioso origen del árbol de chicle, se va a armar la gorda en el
colegio. Seguro lloverán castigos, broncas y suspensos para todos los del
curso. Pero a nosotros no nos da miedo… ¿A quién puede importarle un castigo,
si es dueño de una fábrica gigante de chicle natural?
El terror de Sexto «B»
Hace una semana yo era un tipo común y corriente.
Digamos que sin problemas. Porque tener suspensos y el año prácticamente
perdido, no son problemas graves. Ahora sí estoy metido en un lío. Y tengo que
contárselo a alguien porque ya no puedo cargar más con este casete prendido en
la cabeza dándome vueltas día y noche.
Primero que todo, me presento. Mis amigos me dicen el
terror de Sexto «B». Soy especialista en sabotear clases y en hacer todo tipo
de bromas pesadas. Hay quienes dicen que soy un líder negativo, pero eso es
porque no me conocen de verdad. En el fondo, soy inofensivo y hasta buena
gente. O era, por lo menos. El jueves 7 de octubre, todo cambió. Fue en clase
de inglés con el profesor Quiroga, alias Porki. Él no necesita mucha presentación.
¿Vosotros veis dibujos animados? Entonces imaginaos al Porki de los tebeos con
anteojos, vestido de paño y treinta años de experiencia.
Así, tal cual, era mi profesor de inglés.
Ese jueves, su clase empezó, como de costumbre, con la
tortura de pasar a la pizarra. La mirada misteriosa de Porki recorrió
mentalmente los treinta nombres de la lista. Empezó con Acevedo, Acuña,
Agudelo, Bonilla, Botero, Calderón y no llamó a ninguno. Era como la ruleta.
Siguió bajando despacio para aumentar el suspenso. Presentí su paso por la D,
la E, la F, la G y la H. Luego lo vi bajar hacia el final de la lista y me
sentí salvado. Pero qué va, falsa alarma. Otra vez arrancó en Zuluaga y su
lápiz afilado subió derechito hasta llegar a mi nombre. En él quedaron
detenidas sus siniestras pupilas.
—Hernández Sergio, pasa a la pizarra con tu tarea.
Con el corazón en una mano y el cuaderno en la otra, me
levanté, sabiendo a lo que iba…
Le entregué el cuaderno cerrado para retrasar su furia.
—No te pedí el cuaderno para mirarle el forro —dijo,
con un tono de burla—. Lo que quiero es la tarea.
Haciéndome el bobo, abrí el cuaderno en la página de la
tarea o, mejor, en la hoja en blanco, porque no había hecho nada. Él no tardó
ni un segundo en descubrirlo.
—¿Por qué no has hecho la tarea, jovencito?
— Porqui no entendí, profesor.
Como estaba previsto, todo el curso soltó la carcajada.
—Explicadme el chiste, que no le veo la gracia —dijo
Porki, siguiendo también lo que estaba previsto.
—En serio, profesor… Porqui yo no entendí lo de los
verbos irregulares.
Hubo otro ataque de risa general y yo estaba feliz en
mi papel de payaso. Contraataqué con otro apunte pesado pero Porki no me siguió
la cuerda. Estaba en uno de sus peores días y decidió ahorrar tiempo y esfuerzo
conmigo. De la misma, me mandó a la dirección.
—Deme otra oportunidad. La última oportunidad, se lo
juro.
—Ya no puedo hacer nada más por ti —dijo con voz de
víctima.
—Tengo suspensos y el director me advirtió que a la
próxima me expulsan —le dije casi arrodillado.
—Ése no es mi problema. Has debido pensarlo antes. Haz
el favor de salir inmediatamente y ni una palabra más.
O sea que no hubo manera. Cerré la puerta de la clase y
me quedé ahí parado, en una encrucijada terrible. No podía ir a la dirección
porque eso significaba salir derechito a buscar colegio. Tampoco podía seguir
ahí, como un bobo en medio del pasillo, esperando a que algún profesor me
pillara fuera de clase. Entonces, me fijé en la puerta vecina de Sexto «B», que
tenía una terrible advertencia:
La amenaza era en serio. Entrar a ese cuarto era
arriesgarse a que a uno le cortaran la cabeza, como en el cuento de Barba Azul.
Pero, en ese momento, la puerta prohibida fue mi única tabla de salvación.
Justo ese día estaba sin llave. Moví el picaporte y misteriosamente se abrió.
Ahora que lo pienso, era el destino. En un acto de valentía, entré y me agazapé
en un rincón de ese horrible depósito. Yo lo había visto mil veces desde mi clase.
Es que Sexto «B» tenía una ventana que comunicaba con ese cuarto. Lo llamábamos
el acuario porque, con la nariz pegada al cristal, podíamos ver todos los
tesoros empolvados que ahí se guardaban. Pero una cosa era ver el acuario desde
la clase y otra muy distinta era formar parte de él. Estar ahí, agazapado en la
penumbra, rodeado de todos esos objetos sobrecogedores, me helaba la sangre.
De entrada, tropecé con un águila disecada y vi una
docena de ratones muertos que nadaban entre frascos de formol. Más allá estaba
la calavera, compartiendo estantería con un montón de huesos humanos. ¿Qué más
queréis que os diga? Para donde mirara, mis ojos se encontraban con algo cada
vez peor: había una familia de insectos clavados en un corcho con alfileres; un
ratón blanco, prisionero en su jaula; unas láminas de conquistadores que me
miraban furibundos desde el más allá; un rollo de mapas de todos los
continentes cubiertos con telarañas y, al fondo, cerca de la ventana, el plato
fuerte: un esqueleto de tamaño natural.
Ver y decir lo que había allá es una cosa. Respirar ese
olor a formol mezclado con moho es otra muy diferente. El aire empezó a
faltarme y me sentí mareado. Pensé que ese cuarto no estaba diseñado para que
alguien se escondiera ahí dentro. De hecho, los profesores entraban unos
segundos, recogían lo que iban a usar en la clase y salían. Claro, además de
morirse del susto, sabían que no había ventilación. El único ventanal, como ya
dije, limitaba con mi clase y estaba herméticamente sellado. Mi reloj marcaba
hasta ahora las ocho y treinta, o sea que faltaba todavía media hora de clase.
¿Sobreviviría media hora más? El corazón, que se me iba a salir de la camisa, y
las ganas de vomitar, me decían que no. Lo más seguro era que me encontraran
allí desmayado o, de pronto, hasta muerto. Listo para usar en la clase de
anatomía, como todo ese montón de huesos. Cuando oí esas palabras en la cabeza,
creí que ya había empezado a delirar. Pero luego lo pensé mejor y me dije a mí
mismo: «Reacciona, imbécil. No es para tanto».
O trataba de distraerme, o de verdad me moría. Me
arrastré hacia la ventana que comunicaba con Sexto «B» y esa cercanía me hizo
sentir mejor. Desde allá, alcanzaba a oír los murmullos de un mundo conocido.
La voz de Porki leía las aventuras de Tom and Mary , los protagonistas del
libro de inglés, que eran perfectos y vivían unas situaciones aburridísimas,
por capítulos. Parecía extraño, pero ese par de imbéciles lograron devolverme
un poco de calma. Los minutos empezaron a caminar normalmente y, en medio del
peligro, traté de pensar con cabeza fría: la situación estaba controlada.
Ningún profesor iba a entrar al depósito porque todos estaban ocupados. Estar
en un lugar tan espeluznante, tenebroso y prohibido, era un privilegio. Tenía
que aprovecharlo y salir a contarle el cuento a mis amigos. Es más, ya sabiendo
que a veces el depósito se quedaba sin llave, iba a organizar una expedición
secreta, sólo para los más arriesgados. Yo podía ser el guía.
Me sentí orgulloso de oírme con esos nuevos
pensamientos. Había vuelto a ser el mismísimo Terror de Sexto «B», como
siempre. El olor fétido había dejado de molestarme y, viéndolo bien, todos los
bichos, menos el ratón blanco, estaban disecados. Volví a mirar los tesoros, ya
sin tanto miedo y, de repente, mis ojos se fijaron en un detalle fascinante: el
esqueleto humano tenía un montón de cuerdas de nylon, casi invisibles. Colgaban
de los huesos de las manos, de los pies y de la cabeza como si en lugar de
material didáctico, fuera una marioneta macabra, puesta ahí para asustar a
alguien. Era insólito. Al mover los hilos, el esqueleto podía levantar sus
manos huesudas, chocar las rodillas, o temblar de miedo. El sistema funcionaba
como si fuera el invento de un genio malvado.
Era tan divertido el juego, que el poco miedo que me
quedaba se me fue quitando. Desde el otro lado de la ventana, Porki seguía con
su insoportable lectura. Me alegré de no estar en clase y pensé que Sexto «B»
era a veces más asfixiante que el olor a formol. El esqueleto me apoyó,
diciendo que sí con un movimiento de calavera. Entonces se me ocurrió una idea
descabellada: decidí que mi marioneta y yo íbamos a participar en clase de
inglés, para darle una buena lección al profesor Quiroga.
Con mucho cuidado, senté al esqueleto en un pupitre
oxidado que había frente a la ventana de Sexto «B». Ésa fue la parte fácil. Lo
hice con movimientos muy lentos, mientras el profesor seguía con las gafas
metidas entre el libro de inglés. Después me escondí detrás del marco de la
ventana, agarrando bien las cuerdas de nylon que movían los huesos del brazo
derecho. Todo salió perfecto. El esqueleto quedó sentado, del otro lado del
cristal, mirando al profesor sin perder un solo detalle de la clase. Era el
alumno ideal. Me moría por ver la cara de Porki, pero no me atreví a asomarme.
Cualquier descuido podía ser fatal. Había que tener paciencia… Y la tuve, hasta
que por fin se terminó la dichosa lectura. El momento de la función había
llegado y me preparé como un verdadero titiritero.
—¿Quién no entendió algo? —preguntó Porki.
Moví hacia arriba las cuerdas de nylon y el esqueleto
levantó lentamente su mano derecha.
Sólo oí un silencio aterrador y luego un barullo
general. Algo había sucedido y quise mirar la escena, pero me quedé inmóvil en
mi escondite. Después de unos instantes, volvió a oírse la voz de Quiroga, un
poco extraña, como cavernosa. Eso confirmaba que la escena lo había impactado.
— Any questions?
De nuevo moví las cuerdas. El esqueleto volvió a
levantar su mano huesuda, como si quisiera preguntar algo.
Esta vez no aguanté la curiosidad. Me asomé para mirar
a Porki y lo vi lívido y con los ojos aterrorizados. Pero, al cabo de un tiempo
pareció recuperarse y pronuncio sus palabras preferidas:
— Open your notebook, please. The homework for tomorrow
is…
Estaba a punto de dictar la tarea cuando volví a
concentrarme en mi actuación. Era el momento culminante del espectáculo. Moví
las cuerdas de una manera tan perfecta, que el esqueleto volvió a levantar la
mano, girándola de un lado a otro para decir adiós. Fue un movimiento muy
coordinado y yo ya me estaba sintiendo orgulloso de mi talento para manejar
marionetas, cuando oí del otro lado señales de alarma. Todo el curso murmuraba
y se sentía una atmósfera de preocupación.
—¿Se siente mal profesor? —oí preguntar a Rodríguez.
—No —dijo Porki, con un hilo de voz—. Les dejo estos
minutos libres.
—Y de tarea, ¿qué hay que hacer? —dijo el sapo del
Botero.
— No homework for tomorrow. Time is over —fueron las
últimas palabras que le alcancé a oír.
Hasta mi escondite llegaron los gritos de alegría. A
nadie en Sexto «B» le preocupó el extraño comportamiento del profesor Porki.
Sólo el esqueleto y yo lo sentimos pasar por nuestra puerta, arrastrando sus
zapatos viejos. Cuando los pasos se perdieron, me atreví a salir del depósito y
aproveché el desorden general para colarme en la clase como si nada. Adentro
había una fiesta completa, con guerra de tiza incluida, para celebrar semejante
acontecimiento. Era la primera vez en la historia del colegio que el profesor
Porki regalaba tiempo de su clase y no dejaba tarea.
Mis amigos me lo contaron maravillados y yo casi ni los
oí. No me atreví a comentar mi última hazaña con nadie. Tenía clavada la mirada
aterrorizada de Porki y su voz temblorosa, cuando vio que el esqueleto le decía
adiós con la mano. Disimuladamente traté de preguntar por él en otras clases y
me dijeron que no habían tenido clase de inglés, porque el profesor estaba
«indispuesto». Desde ese momento, empecé a sospechar que se me había ido la
mano. Durante el resto del día casi no abrí la boca ni me hice el chistoso en
ninguna clase. Por la noche tuve pesadillas y me desperté temblando de fiebre.
Mi mamá me dijo que debía ser un virus y que mejor me quedara en casa. Yo, por
primera vez en mi vida de colegio, me levanté enfermo y fui el primero en
llegar a clase. Necesitaba ver a Porki sentado en el escritorio, con su libreta
abierta, como cualquier día. Es más: necesitaba ganarme otro cero en la
pizarra. Con eso me quedaría tranquilo.
Pero no fue así. Pasó el viernes y volvió el lunes y
Porki no fue al colegio. En la mañana del martes el director nos hizo formar en
el patio, desde Infantil hasta Sexto. Tenía una cara larguísima y yo presentí
lo que iba a decirnos:
—Os reuní hoy a todos, para daros una noticia muy
triste. El profesor Quiroga está en el hospital. El caso es grave. A menos que
suceda un milagro… —dijo, con un tono terrible, de sesión solemne. Y siguió
diciendo un montón de palabras que yo ya no oí. Desde entonces sólo espero que
suceda un milagro y que Porki entre por esta puerta de Sexto «B», como si nada.
Dicen los chismes que él ya no vuelve y que el próximo
lunes llega una nueva profesora a reemplazarlo. He oído también que estaba muy
enfermo desde hacía tiempo, pero que no había querido decírselo a nadie, para
que no le tuvieran lástima ni le pusieran condecoraciones. Supongo que la gente
dice esas cosas simplemente por opinar y porque todavía nadie sabe qué fue lo
que realmente sucedió. Vosotros, que llegáis al final de esta historia, sois
los primeros en saberlo.
Si por casualidad sabéis dónde está Porki, contádselo
todo. Decidle que era sólo una broma pesada.
Que no es para tanto… Que no me haga esto.
Martes a la quinta hora o la clase de gimnasia
Juliana era gorda, pesada y lenta. Tenía trece años,
uno cincuenta de estatura y cincuenta y tantos kilos encima, muchos más de los
que su uniforme de gimnasia podía contener.
Por eso los martes al mediodía, deseaba con todas sus
fuerzas no haber nacido. O volverse invisible. O vivir lejos, muy lejos del
Nuevo Liceo, para no pasar por la tortura de ponerse el uniforme en público,
delante de las miradas de sus quince compañeras, mucho más esbeltas que ella.
Eso por no hablar de las otras quince miradas, las de
sus compañeros hombres, que siempre se las arreglaban, a esa hora, para espiar
por las ventanillas del baño de mujeres.
«Tal vez», pensaba Juliana para consolarse, «tal vez a
mí ni me miran… Seguro están con los ojos fijos en las guapas de la clase. Por
ejemplo, la creída de Paula, que siempre se cambia junto a la ventana, justo en
el sitio más visible y luego se hace la ofendida cuando descubre que la están
mirando. Claro… ¡la muy hipócrita!».
La tortura de Juliana llevaba varios años y prometía
durar muchos más.
Había usado ya todas las artimañas, todas las disculpas
caseras y todas las excusas médicas para salvarse de la gimnasia. Sufrió
intensos dolores de estómago, justo los martes al mediodía. Usó collarín
ortopédico sólo los martes a la quinta hora. Le dio fiebre de 38 grados dos
martes seguidos y hasta llegó al extremo de romperse un brazo. Ése sí fue su
mejor antídoto, porque logró pasar dos meses y medio escayolada. Es decir, diez
horas de gimnasia mirando la clase desde las graderías sin mover un dedo.
Pero tantos años llenos de martes al mediodía habían
terminado por agotar todas las posibilidades de escape. Así que los martes, a
la una en punto de la tarde, la clase más cruel de la historia volvía a
comenzar.
El profesor llegaba horriblemente puntual, con su
ridículo uniforme y su silbato de domador de circo, listo para iniciar la
función semanal.
—Piiiiiiii —decía su silbato. Lo que traducido a
lenguaje humano significaba: «Haced inmediatamente una fila por orden de
estatura».
—Piiiiiiii —repetía el silbato del domador. Lo que en
idioma español quería decir: «Eso no es una fila, señoritas. Respetad la
distancia lateral».
Después de diez o quince órdenes silbadas, la fila
quedaba, por fin, «decente», según las propias palabras del profesor. Entonces
seguían, sin variar un milímetro, los terribles ejercicios de calentamiento.
—Y uno y dos, respirad profundo.
—Y uno y dos, flexionad el tronco.
—Y uno y dos, brazos a la derecha.
—Dije a la derecha, Juliana. Me va a tocar devolverte a
Infantil, a ver si aprendes lateralidad.
Risitas ahogadas de todo el curso. El brillante
entrenador usaba sus chistes de circo para hacer reír al público.
«Así es muy fácil ser payaso, a costa del malo de la
clase», pensaba Juliana, toda colorada.
Y como en esas pesadillas en las que uno sabe todo lo
que sigue pero no puede despertarse; la tortura se repetía paso a paso, siempre
idéntica para ella.
—Piiiii —volvía a trinar el silbato—. Dos vueltas a la
cancha, trotando. Moveos, jovencitas, que esto no es un desfile de modas en el
Club Social. Y tú, señorita, no te quedes atrás. A ver si quemas esos kilitos
de más…
Y Juliana trotaba. Y trataba con todas sus fuerzas de
no quedarse atrás, pero llegaba la última. Lenta, pesada e infeliz, era siempre
la última de la fila.
Hasta que ese día, un martes trece de abril, Juliana
amaneció distinta. Estaba de malas pulgas. Y sin saber cómo ni de dónde, sacó
fuerzas y tomó la decisión más importante de su vida. Por eso no pareció
inmutarse con el silbato del profesor en sus oídos y se quedó parada en su
sitio durante las treinta veces en que el entrenador trató inútilmente de
organizar su dichosa fila con ella ahí atravesada. También sus compañeras
intentaron, por todos los medios, hacerla mover, hasta que se dieron por
vencidas. Y les tocó trazar una línea recta con Juliana Rueda como único punto
de referencia.
El entrenador, desconcertado, hacía sonar su silbato
con más fuerza que nunca. Pero era inútil. Juliana no lo escuchaba. Parecía
sorda. Entonces, desesperado, empezó a hacer gestos y a mover las manos
enfrente de ella, igualito que un guardia de tráfico. Pero era inútil. Juliana
no lo veía. Parecía ciega.
El profesor llegó a preocuparse. Se puso pálido y se
acercó a Juliana a ver si respiraba. Después le tomó el pulso, para descartar
cualquier problema médico. Y cuando vio que todo era normal, se sintió con el
derecho de estar más bravo que nunca. Entonces empezaron a salir por su boca
todas las burlas y los gritos que les había ido soltando a sus alumnos durante
veinte años de experiencia. También eso resultó inútil. Juliana no se puso
colorada. Estaba inmóvil e inexpresiva. Parecía de piedra.
Ahora era el profesor el que estaba colorado como un
tomate. Colorado y furibundo. Empezó con las amenazas. Primero le anunció un
cero en disciplina. Luego lo pensó mejor y decidió expulsarla del colegio, si
no recapacitaba inmediatamente. Era su autoridad la que estaba en juego y no
estaba dispuesto a tolerar que una mocosa lo pusiera así, en ridículo, delante
de toda la clase. Ya iba a saber esa niñita de lo que él era capaz.
Y sí. En los minutos que quedaban de clase, el profesor
Pacho Donaire fue capaz de casi todo: gritó, regañó, se lamentó, dijo que
necesitaba el trabajo, echó discursos, pataleó, etcétera, etcétera, etcétera.
Sólo le faltó llorar.
Por fin sonó la campana y rompió el encantamiento.
Juliana dejó de ser estatua, dio media vuelta y empezó a caminar por el
corredor, con rumbo hacia quién sabe dónde. Todas sus compañeras la siguieron
en fila, silenciosas y solidarias, como en una procesión. Nadie le dijo una
sola palabra pero ella tuvo la sensación de no estar sola. Y también, de repente,
se sintió extrañamente liviana.
Ese martes trece de abril, a la quinta hora, se había
quitado un peso de encima.
Querido hijo: estamos en huelga
E n el momento de abrir los ojos, Felipe
se quedó mirando el techo.
Había una mancha de humedad desde hacía algunas
semanas. Cosas de vivir en el último piso. Lo curioso era que la mancha de
humedad tenía forma de indio, con plumas y todo. Un inmenso penacho. La cara,
de perfil, desde luego pertenecía a un gran jefe. Nariz grande y poderosa, de patata,
labios enormes y ojos penetrantes. Él le llamaba Águila Negra. «Águila» por las
plumas y «Negra» porque la mancha era oscura, y en la penumbra de la habitación
todavía más.
—¡Jao! —saludó a su compañero.
Águila Negra siguió tal cual.
Felipe se incorporó y miró la hora en el reloj digital
de su mesita de noche.
Las nueve y cuarenta.
¿Las nueve y cuarenta?
¡Las nueve y cuarenta!
No pudo creerlo. Era tardísimo. ¿Por qué su madre no lo
había despertado? Vale, el cole había terminado hacía tres días, pero ella,
como mucho, a las nueve ya le ponía en pie con su batería de argumentos: que si
se le pegaban las sábanas, que si luego se acostumbraba a dormir y en
septiembre le costaría volver a coger los hábitos escolares, que si dormía
mucho perdía demasiadas horas del día, sobre todo las de la mañana que eran las
mejores, que si se pondría fondón, que si…
Fue hacia la ventana, subió la persiana y se asomó al
exterior.
Ah, un día precioso.
Todavía no era verano. Faltaban dos semanas para irse
de vacaciones, pero el día desde luego invitaba a hacer de todo: salir a la
calle, divertirse con los amigos, jugar un partido… Bueno, eso si su madre le
dejaba, porque después de las notas…
Cate en mates.
Cate en lengua.
Las dos a la vez, encima.
La bronca que le habían echado sus padres tres días
antes fue de campeonato. De órdago. De vuelta a los «que si»: que si no lo
aprovechaba, que si sería un burro, que si así no iría a ninguna parte, que si
tendría que recuperar en verano, que si con lo inteligente que era no tenía
sentido que suspendiera, que si era un gandul y un vago, que si se distraía con
el vuelo de una mosca, que si no ponía atención, que si…
—Mira, Felipe —le había dicho su padre—, estudiar es
importante; pero leer, todavía más. Yo no tuve tu suerte, no pude estudiar,
pero leía todo lo que pillaba, y gracias a eso soy lo que soy y estoy donde
estoy.
—Mira, Felipe —le había dicho su madre—. O cambias y te
pones las pilas o un día te arrepentirás, porque ya no habrá vuelta atrás y
serás un pobre sin cultura, que es lo peor que hay.
Bueno, faltaban tres meses para los exámenes de
septiembre. No iba a ponerse ya a estudiar y leer, nada más acabar el cole.
Necesitaba un descanso.
Desconectar.
Esa era la palabra. Los mayores la usaban mucho, ¿no?
Pues él también.
A lo mejor por eso su madre no le había puesto en pie
antes, para que «desconectara».
Tenía que ducharse, lavarse los dientes y vestirse.
Cosas que le daban siempre pereza, pero más en vacaciones. Qué manía con la
ducha. Y qué manía con lo de los dichosos dientes. Total, se le caerían con
setenta u ochenta años, como al abuelo Valerio. Si se los lavaba por la noche,
¿para qué volver a lavárselos por la mañana? ¡No los había usado, por lo tanto
seguían limpios!
Mientras salía de la habitación, hizo memoria.
¡Había quedado con Ángel para jugar al fútbol en el
parque!
Vale, ese sí era un buen plan.
Así que fue a buscar a su madre, que como trabajaba de
traductora en casa, no tenía un horario riguroso ni se pasaba el día en la
calle.
2
La gimnasta
S u madre estaba en la terraza de la galería haciendo…
—Mamá, ¿qué haces?
—Pues gimnasia.
Felipe abrió los ojos.
¿Gimnasia?
Su madre tenía cuarenta años, era alta, todo el mundo
decía que muy guapa, ojos grandes, nariz perfecta, cabello largo y negro, buena
figura. Su padre la adoraba. A veces la miraba y le soltaba a él:
—Tienes la madre más preciosa del mundo.
Se querían, claro.
Ahora su madre hacía gimnasia.
Allí, en mitad de la terraza, luciendo un ajustado top
y unos pantaloncitos, a la vista de todo el mundo, porque había casas más altas
que la suya. Se estiraba por aquí, se estiraba por allá, brazos, piernas, hacía
flexiones, inspiraba, soltaba el aire y así una y otra vez.
Agotador.
Y además tan inútil.
Él hacía lo mismo pero jugando al fútbol, y así se
divertía.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome como un pasmarote? —le
soltó de pronto.
Felipe reaccionó.
Solía quedarse absorto.
—¿Por qué haces gimnasia? —quiso saber.
—Para ponerme en forma, que luego te descuidas y pasa
lo que pasa.
—¿Qué es lo que pasa?
—Pues que el día menos pensado te empieza a colgar
todo.
—¿Y a ti cuándo te ha dado por eso?
—Anoche. Me dije: Sonia, es el momento de cambiar. Y
aquí estoy.
No paraba.
Hablaba y se movía. Estiraba las piernas, doblaba el
cuerpo y tocaba el suelo con las palmas de las manos, hacía genuflexiones,
giraba sobre su cintura.
A su madre le pasaba algo.
Cuarenta años. Ya era mayor. La pobre.
—¿Eso que te ha dado tiene que ver con lo de la
monopausia?
—Meno, no mono —le corrigió—. Menopausia —luego le miró
de soslayo, frunció el ceño y preguntó—: ¿Dónde has oído tú esa palabra si no
lees nada?
—En el cole —pasó por alto su pulla—. Uno dijo que la
Florencia suspendía porque estaba monopúsica… bueno, menopáusica.
—¡Qué tonterías! —se enfadó ella—. ¡Y qué manera de
faltar el respeto! ¡Sois tontos y encima les echáis la culpa a los demás! —se
enfadó aún más y agregó—: ¡Y no, no estoy menopáusica! Eso les pasa a las
mujeres mayores cuando dejan de menstruar. Les cambia el carácter un poco, solo
eso. No pasa nada. Forma parte de la vida —el enfado llegó al máximo y gritó—: ¡No
digas palabras que no entiendes! ¡Es insultante!
—¿Entonces estás bien?
—¡Pues claro que estoy bien! ¡Pesado! ¡Quieres dejarme
en paz, que me desconcentras!
—Vale.
Pero no se movió de donde estaba.
Su madre puso cara de fastidio.
—¿Has desayunado?
—No.
—Pues hala.
Qué raro. No le reñía por haberse levantado tan tarde,
ni le echaba la bronca por no haberse duchado. Más aún: no le preparaba el
desayuno.
Rarísimo.
Desde luego, los mayores estaban locos. Era imposible
entenderlos. Lo que un día era sagrado al otro dejaba de serlo. Se explicaban
fatal.
Iba a tener que hacerse el desayuno él.
La pera.
Fue a la cocina, cogió un tazón, lo llenó de cereales;
luego abrió el frigorífico y tomó la botella de leche. Casi la derramó cuando
se le fue la mano. No dejaba de pensar en su madre haciendo gimnasia.
Una vez desayunado, sin devolver la leche a la nevera,
metió el tazón en el fregadero pero ni tan solo abrió el grifo para remojarlo y
evitar que los restos del cereal se pegaran.
Se asomó a la galería.
Su madre seguía igual.
Qué raro que no le controlara.
Bueno, mejor.
Felipe fue a su habitación para vestirse, pasando de la
ducha y de lavarse los dientes. Con su madre ocupada, seguro que no se daba
cuenta. Se puso los pantalones de deporte y buscó su camiseta favorita, la de
su equipo, para jugar al fútbol con ella.
Pero la camiseta no estaba allí.
Actividades:
1.
De cada capítulo escribe la
idea principal.
2.
Menciona cinco características
de los personajes
3.
Describe los lugares donde se
desarrolla la historia.
4.
Escribe 10 palabras que tengan
mucha importancia dentro de los capítulos.

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