GUÍA OCTAVA PLAN LECTOR 8°

 GUÍA OCTAVA PLAN LECTOR 8°




INSTITUCION EDUCATIVA OCTAVIO HARRY-JACQUELINE KENNEDY

DANE 105001003271 - NIT 811.018.854-4 - COD ICFES 050963 // 725473

Código: FA 21

Fecha: 20/04/2020

Guía de aprendizaje por núcleos temáticos No 8

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Docente (s):

Nayive Melo Duque

Grados:

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Año:

2021

Período:

Núcleo Temático:

Plan lector

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Objetivo de la guía de acuerdo con los objetivos de grado:

Desarrollar las habilidades comunicativas de lectura, escritura y expresión oral a través de un proceso integrado, con todos los temas vistos durante el año lectivo; teniendo como base los lineamientos curriculares y los estándares básicos de aprendizaje en el área de plan lector.

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Competencias:

(Cognitiva) Relaciona, identifica, deduce información para construir el sentido global de un texto.

(Procedimental) Prevé el plan textual, organización de ideas, tipo textual y estrategias discursivas atendiendo a las necesidades de la producción, en un texto comunicativo particular.

(Actitudinal) Desarrolla con gran compromiso la propuesta de la guía resumen en forma responsable y puntual.

 

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Indicadores de desempeño:

 

1.       Realiza ejercicios que le permiten la práctica y la teoría.

2.       Expresa desde lo oral y escrito su pensamiento, haciendo uso de un lenguaje significativo y fluido.

 

 

Introducción.

¡Cordial saludo queridos estudiantes! Es ésta guía resumen, quiero que repases y definas todos los conceptos más importantes, con éstos temas trabajados durante todo el año lectivo son y serán de gran aporte para afianzar tu aprendizaje en el próximo año.

Quiero que desarrolles cada actividad con gran empeño, constancia y disciplina. 

Recuerda que eres un ser muy importante para tu familia colegio y sociedad y por ende debes demostrarte a ti mismo que haces las cosas con dedicación, entusiasmo y compromiso.

Sabes que puedes despejar tus dudas a través del proceso de alternancia, en los encuentros pedagógicos.

Ah y mi correo es, nayivetareas11@hotmail.com no olvides escribir en el asunto tu nombre completo y el grado, recuerda que debe ser letra legible, ordenada (a lapicero) y con una excelente ortografía.

 

 

 

No olvides que, tus profes, te queremos mucho.

Un abrazo gigantesco para ti y tu familia.

 

 

 

Nosotros vivimos en San Isidro en una de esas grandes casonas de principio de siglo, cerca del río.
    La casa es enorme, de ambientes amplios y techos altos, de dos plantas. En la planta baja, un pequeño hall , la sala, el comedor con su chimenea, el estudio de mi padre, donde está la biblioteca, la cocina y las habitaciones de servicio. En la planta alta están los dormitorios, el de mis padres, el de mi hermano y el mío, un cuarto para que mi madre haga sus quehaceres (siempre fue denominado así: para los quehaceres de mi madre, he vivido toda mi vida en esta casa y no sé cuáles son los quehaceres que mi madre realiza en ese cuarto) y un par de habitaciones vacías. Obviamente también hay baños, dos por planta.
    La casa está rodeada por un gran parque, en la parte de adelante hay pinos y un nogal, detrás los rosales de mi madre y sus plantas de hierbas. Mi madre cultiva y cuida sus hierbas con un amor y una dedicación que creo no nos dio a nosotros. Estoy exagerando, pero no mucho. Cultiva orégano, romero, salvia, albahaca, tres tipos de estragón, tomillo, menta, mejorana y debo estar olvidándome de varias.
    En la primavera y el verano las utiliza frescas, un poco antes del otoño las seca al sol y las guarda en frascos en un sitio oscuro y seco.
    En realidad no sé por qué les cuento esto, no tiene mucho que ver con nada y no es importante. Pero cada vez que me imagino a mi madre, la veo arrodillada o con unas tijeras de podar, sus guantes, un sombrero de paja o un pañuelo, hablándoles a sus plantas.
    Uno de los momentos más felices de mi niñez era cuando me llamaba y me pedía que la acompañara. Me explicaba cuál era cuál, qué tipos de cuidados requerían, cómo curarlas cuando las atacaba el pulgón o alguna otra plaga, o cómo podar el rosal.
    No es que a mí me interesara la jardinería particularmente, pero el solo hecho de que ella quisiera compartir conmigo esa actividad a la que se dedicaba con tanto esmero bastaba para hacerme sentir dichoso.
    Podía quedarme horas doblado en dos revolviendo la tierra, abonando las plantas sin importar el clima.
    Tal vez cuando ustedes evocan su niñez y sus momentos felices, recuerdan algún paseo o unas vacaciones. No sé. Yo evoco el olor de la tierra y el de las hierbas. Aún hoy, tantos años después, basta el olor del romero para hacerme feliz. Para hacerme sentir que hubo un momento, aunque haya sido sólo un instante en que mi madre y yo estuvimos comunicados.
    * * *
    Con mi padre la relación era, o debo decir es, mucho más fácil. Yo me ocupaba de mis asuntos y él de los suyos. Me explico mejor: Si yo me ocupaba de sacar buenas notas, hacer deportes (natación y rugby), obedecerlo y respetarlo, no tendría ningún problema. Él, bueno, él… él se ocupaba de lo suyo, es decir de sus negocios y sus cosas, cosas que nunca compartió con nosotros.
    Mi padre es, aún hoy con sus sesenta y cinco años, un tipo corpulento. Fue pilar en el San Isidro Club en su juventud y, cuarenta años después, cuando yo jugaba al rugby en las divisiones infantiles, había gente que lo recordaba. Tiene una mirada terrible, una de esas miradas que bastan para que uno se sienta en inferioridad de condiciones, una de esas miradas que hacen que su portador vaya por el mundo pisando todo lo que le ponen en el camino. Supongo que no hace falta decir el pavor que sentía ante la posibilidad que enfocara en mí sus ojos azules asesinos.
    Mi hermano había sido su orgullo, el primogénito y el primer nieto de la familia. En las fotos de cuando Ezequiel era chico y estaba con papá, hay una expresión de felicidad, una gran calma y un indisimulado orgullo en los ojos de mi padre.
    Ezequiel nació pesando más de cuatro kilos, el pelo negro como el de mi madre y los ojos azules como los de él. Era una perfecta síntesis de lo mejor de cada uno de ellos, la cara ovalada, la nariz recta. Un precioso niño.
    Cuatro años después mi madre quedó otra vez embarazada, pero el bebé, una niña, murió en el parto. En ese momento decidieron no tener más hijos. Después cuando mamá volvió a quedar embarazada no lo podían creer. Ezequiel colmaba todas sus expectativas, era un buen alumno, un hijo ejemplar, era todo lo que habían deseado. Se imaginarán que de ese embarazo nací yo. Ezequiel me confesó muchos años después que me odió por eso. Odió a ese bebe que no era ni grande, ni lindo (yo tengo la combinación inversa; el pelo castaño de mi padre y los ojos marrones de mi madre). Me odió por haber llegado a romper esa química, por haberlo desplazado del centro de atención en el que estaba hacía trece años, hacia la periferia.

II
    Seguro que mi primer recuerdo es ése. El del día que Ezequiel se fue de casa. No es que recuerde exactamente la situación, pero sí que yo estaba en mi cuarto y no podía salir; y una cierta tensión en el aire.
    Después no vi más a mi hermano hasta la primera fiesta, creo que era el cumpleaños de mamá.
    Cuando preguntaba por él me contestaban que estaba estudiando, o con alguna de esas evasivas tan típicas de mi familia.
    Yo ya sabía que no vivía más con nosotros, está claro que no se le puede ocultar algo así a un chico, por más que tenga cinco años. Había revisado, a escondidas, su habitación y sabía que no estaba su ropa, es más, yo me había llevado su Scaletrix, que jamás quiso prestarme, y al no reclamármelo intuía que algo no era normal.
    Mentiría si dijera que eso me inquietó. Sólo era una situación nueva, distinta de la habitual. Y me proponía disfrutarla.
    * * *
    Durante los años que vivimos juntos yo admiraba a Ezequiel, él era mi héroe, era grande, fuerte, todos le prestaban atención cuando hablaba.
    Lo trataban como a alguien importante. Como a un adulto.
    No sabía entonces, y por cierto que no lo sé ahora, cuáles son los mecanismos que mueven la mente de los niños. Pero supongo que sentí que al no estar mi hermano en mi casa automáticamente

Nosotros vivimos en San Isidro en una de esas grandes casonas de principio de siglo, cerca del río.
    La casa es enorme, de ambientes amplios y techos altos, de dos plantas. En la planta baja, un pequeño hall, la sala, el comedor con su chimenea, el estudio de mi padre, donde está la biblioteca, la cocina y las habitaciones de servicio. En la planta alta están los dormitorios, el de mis padres, el de mi hermano y el mío, un cuarto para que mi madre haga sus quehaceres (siempre fue denominado así: para los quehaceres de mi madre, he vivido toda mi vida en esta casa y no sé cuáles son los quehaceres que mi madre realiza en ese cuarto) y un par de habitaciones vacías. Obviamente también hay baños, dos por planta.
    La casa está rodeada por un gran parque, en la parte de adelante hay pinos y un nogal, detrás los rosales de mi madre y sus plantas de hierbas. Mi madre cultiva y cuida sus hierbas con un amor y una dedicación que creo no nos dio a nosotros. Estoy exagerando, pero no mucho. Cultiva orégano, romero, salvia, albahaca, tres tipos de estragón, tomillo, menta, mejorana y debo estar olvidándome de varias.
    En la primavera y el verano las utiliza frescas, un poco antes del otoño las seca al sol y las guarda en frascos en un sitio oscuro y seco.
    En realidad no sé por qué les cuento esto, no tiene mucho que ver con nada y no es importante. Pero cada vez que me imagino a mi madre, la veo arrodillada o con unas tijeras de podar, sus guantes, un sombrero de paja o un pañuelo, hablándoles a sus plantas.
    Uno de los momentos más felices de mi niñez era cuando me llamaba y me pedía que la acompañara. Me explicaba cuál era cuál, qué tipos de cuidados requerían, cómo curarlas cuando las atacaba el pulgón o alguna otra plaga, o cómo podar el rosal.
    No es que a mí me interesara la jardinería particularmente, pero el solo hecho de que ella quisiera compartir conmigo esa actividad a la que se dedicaba con tanto esmero bastaba para hacerme sentir dichoso.
    Podía quedarme horas doblado en dos revolviendo la tierra, abonando las plantas sin importar el clima.
    Tal vez cuando ustedes evocan su niñez y sus momentos felices, recuerdan algún paseo o unas vacaciones. No sé. Yo evoco el olor de la tierra y el de las hierbas. Aún hoy, tantos años después, basta el olor del romero para hacerme feliz. Para hacerme sentir que hubo un momento, aunque haya sido sólo un instante en que mi madre y yo estuvimos comunicados.
    * * *
    Con mi padre la relación era, o debo decir es, mucho más fácil. Yo me ocupaba de mis asuntos y él de los suyos. Me explico mejor: Si yo me ocupaba de sacar buenas notas, hacer deportes (natación y rugby), obedecerlo y respetarlo, no tendría ningún problema. Él, bueno, él… él se ocupaba de lo suyo, es decir de sus negocios y sus cosas, cosas que nunca compartió con nosotros.
    Mi padre es, aún hoy con sus sesenta y cinco años, un tipo corpulento. Fue pilar en el San Isidro Club en su juventud y, cuarenta años después, cuando yo jugaba al rugby en las divisiones infantiles, había gente que lo recordaba. Tiene una mirada terrible, una de esas miradas que bastan para que uno se sienta en inferioridad de condiciones, una de esas miradas que hacen que su portador vaya por el mundo pisando todo lo que le ponen en el camino. Supongo que no hace falta decir el pavor que sentía ante la posibilidad que enfocara en mí sus ojos azules asesinos.
    Mi hermano había sido su orgullo, el primogénito y el primer nieto de la familia. En las fotos de cuando Ezequiel era chico y estaba con papá, hay una expresión de felicidad, una gran calma y un indisimulado orgullo en los ojos de mi padre.
    Ezequiel nació pesando más de cuatro kilos, el pelo negro como el de mi madre y los ojos azules como los de él. Era una perfecta síntesis de lo mejor de cada uno de ellos, la cara ovalada, la nariz recta. Un precioso niño.
    Cuatro años después mi madre quedó otra vez embarazada, pero el bebé, una niña, murió en el parto. En ese momento decidieron no tener más hijos. Después cuando mamá volvió a quedar embarazada no lo podían creer. Ezequiel colmaba todas sus expectativas, era un buen alumno, un hijo ejemplar, era todo lo que habían deseado. Se imaginarán que de ese embarazo nací yo. Ezequiel me confesó muchos años después que me odió por eso. Odió a ese bebe que no era ni grande, ni lindo (yo tengo la combinación inversa; el pelo castaño de mi padre y los ojos marrones de mi madre). Me odió por haber llegado a romper esa química, por haberlo desplazado del centro de atención en el que estaba hacía trece años, hacia la periferia.

II


    Seguro que mi primer recuerdo es ése. El del día que Ezequiel se fue de casa. No es que recuerde exactamente la situación, pero sí que yo estaba en mi cuarto y no podía salir; y una cierta tensión en el aire.
    Después no vi más a mi hermano hasta la primera fiesta, creo que era el cumpleaños de mamá.
    Cuando preguntaba por él me contestaban que estaba estudiando, o con alguna de esas evasivas tan típicas de mi familia.
    Yo ya sabía que no vivía más con nosotros, está claro que no se le puede ocultar algo así a un chico, por más que tenga cinco años. Había revisado, a escondidas, su habitación y sabía que no estaba su ropa, es más, yo me había llevado su Scaletrix, que jamás quiso prestarme, y al no reclamármelo intuía que algo no era normal.
    Mentiría si dijera que eso me inquietó. Sólo era una situación nueva, distinta de la habitual. Y me proponía disfrutarla.
    * * *
    Durante los años que vivimos juntos yo admiraba a Ezequiel, él era mi héroe, era grande, fuerte, todos le prestaban atención cuando hablaba.
    Lo trataban como a alguien importante. Como a un adulto.
    No sabía entonces, y por cierto que no lo sé ahora, cuáles son los mecanismos que mueven la mente de los niños. Pero supongo que sentí que al no estar mi hermano en mi casa automáticamente
toda esa atención caería en mí. Eso de algún modo fue cierto, no como yo lo esperaba, pero sucedió.
    Al no estar Ezequiel en casa, yo gané un gran espacio pero no por presencia propia sino por su ausencia.
    Mis padres pensaban que ya que se habían equivocado con mi hermano, no cometerían esos mismos errores conmigo.
    * * *
    Dije antes que mi primer recuerdo es de cuando Ezequiel se fue de casa, y es cierto. Pero tengo lo que yo llamo «recuerdos implantados», esas anécdotas que se comentan en las reuniones, habitualmente en tono jocoso, año tras año. Así pude enterarme de que, estando enfermo, a los tres años no había forma de dormirme, sólo lo hacía si Ezequiel me acunaba y me cantaba una canción.
    Bueno, ese tipo de cosas. Ustedes ya saben, las familias se encargan de que sepamos todo tipo de anécdotas, por tontas que sean, más si nos abochornan (estas últimas no pienso mencionarlas aquí).

III
    Se supone que a los amigos se los elige. A Mariano yo nunca supe si lo elegí o si cuando llegué al mundo simplemente él me estaba esperando.
    Su padre había sido compañero de estudios del mío, se hicieron amigos, tuvieron algunos negocios en común y aún hoy se encuentran todos los sábados a la mañana en el club para jugar al tenis.
    Con Mariano estuvimos juntos desde el jardín de infantes, durante casi todo el colegio primario nos sentamos juntos, íbamos al mismo club. Hasta un poco después de mis 11 años fuimos inseparables.
    Una tarde volvía de su casa hacia la mía. Eran cerca de las seis. Caminé las dos cuadras que las separaban pateando las hojas caídas de los árboles, por eso recuerdo que era otoño.
    Habíamos ido juntos al colegio y luego al club, estoy seguro porque entré a mi casa por la puerta de la cocina dejando mis zapatillas embarradas en el lavadero. Entrar por la puerta principal embarrando el piso era causa suficiente para ser desheredado.
    Por eso recuerdo tan claramente que entré por la cocina.
    Por eso no me oyeron entrar.
    Iba caminando hacia mi cuarto y al pasar frente a la puerta del despacho de mi padre escuché la voz de Ezequiel, abrí la puerta para saludar y vi a mi madre con la cara entre las manos, levantó la vista al oír la puerta y tenía los ojos llenos de lágrimas.
    Yo no entendía qué era lo que estaba pasando, busqué a mi alrededor alguien que me explicara algo. Ezequiel bajó la vista y no me devolvió la mirada.
    El que si me miró, y cómo, fue mi padre. Tenía esa mirada que yo había tratado toda la vida de evitar.
    —Anda a tu cuarto —me dijo. Me quedé inmóvil. No entendía nada.
    ¿Por qué mamá estaba llorando? ¿Por qué Ezequiel no me saludaba?
    AN-DÁ-A-TU-CUAR-TO-TE-DI-JE- Creo que si una serpiente de cascabel hablara sería más dulce que mi padre. Había tanta ira en cada una de esas sílabas, que no esperé que me las repitiera. Cerré la puerta y subí corriendo. A pesar de los años transcurridos, recordé el día en que Ezequiel se fue de casa.
    Las dos veces había estado confinado en mi cuarto, pero esta vez lo que flotaba en el aire no era tensión, era violencia.
    No sé qué habrían hecho ustedes, pero lo primero que hice fue llamar a Mariano.
    Atendió la madre:
    — ¿Vos no sos el mismo que hasta hace 15 minutos estuvo con él? —se burló—. Ya te paso.
    Cuando Mariano se puso al teléfono le resumí la situación lo mejor que pude y se rió bastante con mi imitación del «an-dá-a-tu-cuar-to-te-di-je».
    Cuando pudo parar de reír me dijo:
    —Me parece que tu hermano la cagó otra vez.

IV
    Con Mariano nos habíamos enterado hacía un año de los motivos que desencadenaron que Ezequiel se fuera de casa. Nos enteramos de todo porque, ya lo he dicho, nuestros padres eran amigos, el padre de Mariano se lo contó a su madre y ella a Florencia, la hermana de Mariano tres años mayor que nosotros, como ejemplo de las cosas de las que se debía cuidar. Una vez que lo supo Florencia a que lo supiéramos nosotros hubo un solo paso. Extorsión mediante, debo decirlo. Florencia siempre ha sido buena para hacer negocios.
    La historia fue así: Ezequiel salía desde los 15 con una chica llamada Virginia, también el padre de ella era amigo de papá. En el ambiente donde nosotros nos movemos es difícil relacionarse con alguien si nuestras familias no lo están de alguna manera, o son compañeros del club de papá, o lo fueron de estudios, o tienen negocios en común, o nuestras madres son amigas, etc. En resumen, Ezequiel salía con Virginia, que hasta había estado unas vacaciones con nosotros en el campo de la abuela. Esto no es un «recuerdo implantado», he visto fotos, ya que el nombre de Virginia ha dejado de mencionarse en nuestra casa.
    Me estoy yendo por las ramas. El tema es el siguiente: Virginia quedó embarazada y el embarazo fue interrumpido.
    Cuando el padre de Virginia se enteró, fue a pedirle explicaciones a papá y a exigirle que Ezequiel se casara con su hija.
    Papá, con el buen humor que lo caracteriza (estoy siendo irónico), quiso obligar a Ezequiel a casarse con Virginia.
    Ezequiel dijo que no, que ni loco, la discusión fue subiendo y subiendo de tono, hasta terminar con Ezequiel yéndose de casa y abandonando sus estudios.
    —Me parece que tu hermano la cagó otra vez —me dijo Mariano y yo me quedé pensando si no tendría razón.

V
    Esa noche no me llamaron a cenar. A la mañana siguiente en el desayuno nadie habló, algo que era bastante habitual.
    Pero las caras de mis padres expresaban que no habían dormido.
    Obvio que tampoco pregunté nada. Lo lógico hubiese sido que yo dijera:
    —Miren, está todo bien, yo soy parte de la familia, Ezequiel es mi hermano, si se mandó otra cagada tengo derecho a saberlo. No me parece justo estar enterándome por terceros. Además ya tengo 10 años. Me merezco una explicación. Así que cuéntenme todo.
    Ya lo dije, no pregunté nada. Valoraba lo suficiente mi pequeña vida como para desafiar a mi padre.
    Si bien
es cierto que el nombre de Ezequiel no se mencionaba habitualmente en casa, después de ese incidente la sola mención de su nombre provocaba chispas.
    Yo no tenía idea de lo que podía haber pasado, la actitud de mis padres me sonaba exagerada. Mi madre había descuidado su jardín, algo que se notaba a simple vista. Y mi padre… bueno, su malhumor superaba todo lo imaginado.
    Me dediqué, aprovechando que nadie me prestaba atención, a espiar sus conversaciones y… nada. Lo único que escuchaba era a mi madre llorar y a mi padre insultar y decir a cada rato:
    — ¿Por qué a mí? ¿Por qué, eh? Después enumeraba todo lo que le había dado a Ezequiel, colegios, viajes, deportes, etc. Parecía tener todo anotado en algún lugar, una suerte de inventario educacional.
    Yo creí que mi hermano le había hecho algo directamente a él, después de todo mi padre no preguntaba: ¿por qué a nosotros? sino ¿por qué a él?
    Con Mariano nos propusimos avanzar hasta el fondo del asunto, pero por más que intentamos sobornar a Florencia ella tampoco pudo averiguar nada. Si no se lo habían contado al padre de Mariano debía ser más grave de lo que imaginábamos.
    Sólo tenía dos opciones: preguntarles a mis padres o a Ezequiel.
    Opté por la segunda.
    Lo único que faltaba resolver era cuándo. Yo nunca había ido a la casa de Ezequiel, es más, tampoco sabía donde vivía. Tardé 3 o 4 días en encontrar su dirección en una libreta de mamá. Entonces me dispuse a hacer un viaje, un viaje en el 60, un viaje en colectivo. De San Isidro a Palermo. Un viaje de 40 minutos.
    Un viaje que cambiaría mi vida para siempre.

VI
    En la literatura hay una gran tradición de viajes, no me refiero a los espaciales ni a los de piratas, sino a esos viajes que los protagonistas realizan para volver al mismo lugar pero transformados.
    Si algún día se escribiera la novela de mi vida, suponiendo que tuviera interés para alguien, habría que dedicarle gran espacio a ese viaje que ni siquiera me acuerdo en qué fecha realicé.
    Ese día fue la primera vez que mentí a mis padres. Mariano, que sabía a donde iba, se ofreció a cubrirme. Se suponía que yo iba a estar en su casa un rato antes de nuestro entrenamiento de rugby, lo que me daba un poco más de tres horas para ir y volver.
    Para ser fiel a la verdad debo decir que en ningún momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de que Ezequiel no estuviera en su casa. Yo iba a pedirle explicaciones acerca de lo que estaba haciendo infeliz a mi familia, su obligación era la de estar. Y estaba.
    Cuando abrió la puerta del departamento saltó sobre mí un enorme perro siberiano (no era tan enorme, me di cuenta después, es que yo nunca me llevé bien con los perros, ni ellos conmigo).
    —No… no sabía que te… tenías un perro —tartamudeé, mientras me lamía la cara.
    —Están iguales —contestó—, él no sabía que yo tenía un hermano. ¿Pasás? ¿O te pensás quedar en la puerta?
    Pasé. Entramos directamente al comedor y me senté en una silla. Se hizo un silencio incómodo, largo. Él lo rompió.
    — ¿Los viejos saben que estás acá?
    Negué con la cabeza.
    —Muy bien, muy bien. Las nuevas generaciones aprenden rápido. Yéndote de casa sin permiso a los 10, me imagino qué cosas harás a mi edad —dijo y se rió.
    Eso me molestó. Yo estaba ahí para pedirle explicaciones. No para que él me las pidiera a mí. Yo estaba ahí para saber qué era lo que había hecho ahora ese desalmado que hacía que mi madre llorara todo el día. Me armé de valor y le dije:
    — ¿Hace mucho que lo tenés… este… digo… al perro?
    Ezequiel se puso serio por primera vez. Antes estaba divertido por mi presencia, sabía que había ido a buscar algo, y que no me atrevía a preguntar. Pero igual me contó la historia.
    —Hace poco más de un año y medio, fui con Nicolás a la casa de una amiga suya. ¿Te acordás de Nicolás? Bueno, no importa. Lo importante es que la amiga criaba perros siberianos. Éste se llama Sacha. Era el más chiquito de la cría, el último que nació. Por eso lo iban a matar.
    — ¿En serio lo iban a matar? Si es hermoso.
    —Sí que es hermoso, ¿no es cierto? —dijo acariciándolo—. Pero a los últimos de cada cría los criadores los matan, son los más débiles, los menos puros de la raza. Los criadores viven de la pureza, ese es su negocio, no les conviene que haya perros impuros dando vueltas por ahí. Si vos conocés a otros perros de esta raza, te podés dar cuenta que éste tiene las orejas un poco más grandes y…
    —Tiene los ojos marrones —interrumpí.
    —Eso no tiene nada que ver. Además a mí me gustan así marrones. Hay un cierto aire de verdad en los ojos de los perros siberianos, como si supieran nuestros secretos. Bah, esto es un delirio mío, no me hagas caso.
    —Pero lo que no puedo creer es que los maten.
    —La gente no entiende nunca al que es diferente. En una época los metían en manicomios, en otras en campos de concentración —suspiró—. La gente le tiene miedo a lo que no entiende. Si la sociedad margina a los que son diferentes, qué destino puede tener un perro que tiene las orejas un poco más grandes.
    Otra vez se hizo silencio. Yo lo rompí.
    — ¿Por qué los viejos están tan enojados con vos? —Pregunté rápidamente y casi sin respirar.
    —Porque tengo SIDA —contestó.

VII
    Aquella tarde, después de bajarme del colectivo (algunas paradas antes), me quedé dando vueltas por el barrio.
    Mi barrio, en el que había vivido toda mi vida, me parecía distinto. Como una gran escenografía. Y yo era un actor en esa obra. Un actor de reparto.
    Me sentía liviano y pesado a la vez, si es que acaso eso es posible. Tenía frío y calor. Transpiraba y las orejas me ardían.
    Mucho más tarde de lo que debía, me decidí a ir a casa. Ensucié mi ropa deportiva para no levantar sospechas y traté de encontrar alguna excusa convincente para explicar mi demora. Nunca me habían pedido
explicaciones, pero al saber que tenía que mentir, me sentía en inferioridad de condiciones.
    En casa no había nadie. Encontré una nota en la puerta de la heladera explicando que mis padres habían salido, no recuerdo a dónde, y que la cena estaba en la heladera para calentar en el microondas. No cené.
    Subí a mi cuarto, tenía mucho en que pensar. No sé cuanto tiempo estuve así, tirado en la cama y con la luz apagada. Hasta que sonó el teléfono.
    — ¿Hace mucho que llegaste? Creí que me ibas a llamar. ¿Cómo te fue? —Obviamente era Mariano.
    —No, llegué recién —fue todo lo que atiné a decir.
    — ¿Y? Contáme qué te dijo…
    —Nada… no… no estaba. Eso, no estaba —mentí de la forma más convincente que pude.
    — ¿Y por qué tardaste tanto en volver?
    Así son los amigos, uno quiere estar solo, pensar, terminar una conversación y ellos lo someten a uno a un interrogatorio.
    —Lo que pasa… es… es… que me perdí. Me perdí. No encontré la parada del colectivo para volver. Me fui caminando para el otro lado —realmente ni yo me lo creí, mi voz estaba toda temblorosa, muy poco convincente.
    — ¿Te pasa algo, estás un poco raro? —insistió él.
    —Estaba yendo para el baño cuando sonó el teléfono.
    —Ah, bueno —Mariano se rió—. Andá tranquilo no quiero que te ensucies los pantalones por mi culpa. Nos vemos mañana.
    Y cortó. Por fin.
    Tenía muchas cosas en qué pensar, muchas cosas que no entendía.
    Prendí la tele, buscando algo que me distrajera un poco. El lío que tenía en la cabeza era como un gran ovillo que no tenía ni principio, ni final. Al menos por el momento. Al menos para mí.
    Me encontré mirando « Tarzán en New York », una de esas tantas películas horribles, con uno de esos tantos tarzanes horribles. La historia era así, unos cazadores capturaban a Chita y la subían a un barco. Tarzán se subía a otro barco para ir a rescatarla, y el barco lo llevaba a Nueva York. Al llegar, se tiraba al río y se trepaba al puente (ése que aparece en todas las películas y se quedaba parado con expresión de oligofrenia), mientras los autos pasaban y la gente le gritaba cosas en un idioma que él no entendía. Después se enganchaba a una rubia fenomenal (Jane) y rescataba a Chita. Pero eso no es lo que importa. Lo que importa es que yo me sentía como Tarzán en el puente.
    Desnudo y rodeado de cosas que no entendía.

VIII
    Ezequiel me observó un buen rato y después siguió acariciando a Sacha.
    PorquetengoSIDAporquetengoSIDAporquetengoSIDA. La frase me retumbaba en la cabeza. PorquetengoSIDAporquetengoSIDAporquetengoSIDA. Yo tenía la boca abierta y una expresión de alelado total.
    — ¿Cómo te contagiaste? —pregunté en un hilo de voz.
    Me miró fijo. Tenía un brillo en los ojos que yo conocía bien. En ese momento me di cuenta cuánto se parecía a mi padre. Mucho más de lo que cualquiera de los dos fueran capaces de admitir.
    —Bien, bien, bien. Por fin nos sinceramos. Acá tenemos a un futuro criador de perros. ¿Te mandó tu padre? —hizo silencio un momento, yo no me sentía capaz de balbucear nada.
    — ¿Acaso tiene importancia cómo me contagié? —continuó—. Digno representante familiar hacer una pregunta tan imbécil. ¿Qué estás esperando que te diga? ¿Qué soy homosexual? ¿Drogadicto? ¿Qué me contagió el dentista? ¿Eh? ¿Vos creés que eso tiene alguna importancia? Lo único que realmente tiene importancia, es que me voy a morir, que no sé cuánto tiempo de vida tengo. Y que por más que viva eternamente nunca voy a poder tener una vida normal.
    «Estás siendo injusto conmigo», pensé, «me escapé de casa para venir a verte, vos sabés muy bien qué me puede pasar si papá se entera que estoy acá. Soy tu hermano, no tenés derecho a hablarme así. No te quería ofender, en serio, no sabía que hablar de esto te molestaba. Discúlpame. ¿Homosexual, drogadicto? ¿De qué estás hablando? No te quería molestar».
    Pero dije: —Mejor me voy.
    Y me fui.

IX
    —Anoche no cenaste —dijo mi madre cuando bajé a desayunar.
    —No me sentía bien, no es nada, ya pasó.
    — ¿Nada? Para que vos no cenes… Si querés podés faltar al colegio.
    —En serio mamá, no es nada —y la abracé, la abracé muy fuerte. Nosotros no somos de esas familias que se la pasan besándose y abrazándose. Por eso ella me miró extrañada.
    — ¿Y eso? ¿Te agarró un ataque de cariño? ¿Seguro que querés ir al colegio?
    —Sí, mamá —le dije con mi mejor expresión de fastidio. Realmente prefería ir al colegio a quedarme en casa. Quería tener la cabeza ocupada en algo, aunque ese algo fuera la profesora de matemáticas.
    En el colegio estuve insoportable. Tenía miedo de que Mariano se diera cuenta de que estaba preocupado y comenzara con uno de sus interrogatorios, en los que siempre lograba ganarme por cansancio.
    Necesitaba tranquilidad para pensar algo que me estaba dando vueltas en la cabeza desde la noche. Si a Ezequiel no le importaba lo que a mí me pasara, a mí no tenía que importarme él. Después de todo yo nunca había tenido un hermano, nunca había contado con él. Había vivido la mitad de mi vida sin él y podía seguir así tranquilamente. No me importaba que tuviera SIDA o lo que fuera. Si era por mí, Ezequiel se podía ir a la mismísima mierda.

X
    — ¿Una partida?
    Así era desde hace años. Mi padre se acercaba y decía « ¿una partida?», en un tono que se asemejaba más a una orden que a una pregunta. Yo contestaba: «si, papá». Aunque estuviera haciendo la tarea, jugando o mirando la tele, me levantaba, caminaba hasta su estudio y me disponía a aceptar otra sesión de ajedrez.
    « Mens sana in corpore sano ». Este era el axioma de mi padre. Me obligaba a hacer deportes, a jugar al ajedrez (al menos una vez a la semana) y me sometía a largas sesiones de música clásica. Mi padre amaba esa música, en especial a Wagner, y quería trasmitirme ese amor.
    No lo logró. Salvo Bach o Mozart, o las sonatas de Beethoven, esas horas que dedicaba a hacerme escuchar música se parecían más a una tortura que a un placer.
    —Jaque mate. Hacía mucho que no te ganaba tan rápido. Estás desconocido.
    —Es que… jugaste muy bien papá.
    —No me mientas, yo te enseñé a jugar, sé que no estás concentrado —y frunció el ceño.
    Esos son los momentos en la vida en los que parece que los segundos duran años, y en los que me odiaba por no tener una imaginación frondosa.
    —Es que… estoy pensando en mi cumpleaños.
    — ¿Tu cumpleaños? Pero si faltan como veinte días —y se rió—. ¿No tendrás algún problema en la escuela?
    Lo negué. No recuerdo cómo continuó la conversación, pero habíamos entrado en un terreno que me favorecía. Siempre fui un buen estudiante, la escuela era uno de los pocos lugares donde me sentía seguro de salir bien parado. Insisto, no recuerdo cómo terminó la conversación. Pero conociendo a mi padre estoy seguro de que fue comprometiéndome a otra partida al día siguiente.

XI
    En esos días comencé a tener una pesadilla que me persiguió por años.
    Un viajero sediento camina por el desierto, ve la sombra de un ave de rapiña, pero no al ave. Si mira hacia el cielo el sol lo ciega. Sólo ve la sombra amenazante haciendo círculos cada vez más cerrados, cada vez más cerca.

XII
    El domingo de esa semana vino a visitarnos la abuela, lo recuerdo bien.
    Ella vivía en el campo, y tenía un departamento en Barrio Norte, que utilizaba cuando venía a la ciudad por algún motivo. Nosotros la visitábamos al menos una vez por mes, y pasábamos el fin de semana en su casa.
    Yo amaba esos días. Días de levantarse temprano para ayudar en el ordeñe. Días de andar a caballo y comer manzanas que arrancaba del árbol.
    Era muy raro que mi abuela dejara su casa un fin de semana, sólo lo hacía de lunes a viernes y trataba de volver al campo en el día.
    Era común sí, encontrármela un miércoles a la salida de la escuela y almorzar juntos, ella se apuraba en regresar temprano.
    —Ya estoy vieja para manejar con tanto tránsito —decía y se reía—, mejor temprano a casa que mañana hay que madrugar.
    Ese domingo, ni bien llegó a casa, mi padre la sometió a un interrogatorio preguntándole por qué había venido, si se sentía bien, si tenía algún problema, etc. Mi abuela lo toleró un buen rato hasta que le contestó algo así como que estaba bastante grande para responder esas cosas y que creía que podía venir a nuestra casa cuando quisiera. Mi padre se quedó mudo, y mi madre y yo también, era la primera vez que yo veía a alguien contestarle así a mi padre y dejarlo sin palabras. En ese momento sentí que quería a mi abuela un poquito más que antes.
    * * *
    Almorzamos pollo con hierbas, frutas y alguna cosa más. El almuerzo transcurrió como transcurren habitualmente este tipo de encuentros, charlas sobre el tiempo, el colegio, las vacaciones pasadas, las que vendrán.
    Estuve todo el tiempo divertido contemplando a mi abuela, me duraba el asombro por la forma en que había tratado a mi padre. Después del café, continuamos nuestra conversación en la sala, hasta que mi abuela se levantó para ir a sentarse al jardín.
    Durante un rato la observé desde la ventana de mi habitación, sentada sobre el banco de piedra a la sombra de los pinos, después me decidí a acompañarla.
    —Tu padre se asombra de que venga a almorzar un domingo con ustedes, pero siempre que vengo me hacen lo mismo de comer: ¡pollo con hierbas!
    Nos reímos, era cierto. Desde hacía años cuando alguien venía a comer mi madre cocinaba lo mismo. Variaba los acompañamientos y las entradas pero no el plato principal. Era algo muy extraño. Rara vez mi madre repetía un menú durante el mes cuando cocinaba para nosotros, es más, es una excelente cocinera. Nunca un plato tuvo dos veces el mismo sabor, siempre modifica algo, siempre encuentra algún ingrediente que modificar, aun en cantidades ínfimas, «tal vez media cucharadita más de paprika», o cosas por el estilo.
    De ahí que resulte más ridícula su obsesión por el pollo con hierbas; aunque para hacer honor a la verdad, siempre estaba exquisito.
    Cuando paramos de reír, hablamos de lo que siempre hablábamos entre nosotros: el campo.
    Me contó acerca de Noche, una yegua que a mí particularmente me gustaba. Siempre en mis visitas, hiciera frío o calor, con lluvia o con sol, iba hasta el corral, me acercaba despacio, le daba terrones de azúcar, la acariciaba y recién después la montaba. Era una suerte de ritual que compartíamos, Noche me miraba llegar y seguía en lo suyo, no levantaba las orejas, no hacía ningún gesto. Esperaba. Yo sabía que ella disfrutaba de nuestros encuentros tanto como yo, no podría explicar cómo, pero lo sabía.
    —Me enteré que fuiste a la casa de Ezequiel —dijo mi abuela de repente.
    Me quedé de una pieza. Miré desesperadamente alrededor. Si mi padre se enteraba era capaz de encerrarme en un convento y hacerme monja.
    —Quédate tranquilo, no les dije nada a tus padres —dijo leyéndome el pensamiento.
    — ¿Y vos co… cómo te… te enteraste? —tartamudeé.
    —Lo leí en el diario —y se rió.
    Yo no pude ni siquiera esbozar una media sonrisa, estaba esperando que la tierra se abriera y me tragara.
    —Me lo contó Ezequiel, por supuesto.
    — ¿Ezequiel?
    Eso realmente no entraba en mi cabeza. No me lo imaginaba llamando a la abuela para contarle que yo lo había ido a ver. No lo podía creer.
    —Sí claro, Ezequiel. Tu hermano. ¿Sabes quién es, no?
    Otra vez silencio. Otra vez angustia. Todo parecía indicar que la angustia no me abandonaría.
    Desde mi visita a su casa trataba de olvidarlo, de que todo volviera a ser como antes, de que mi hermano volviera a ser una referencia lejana, alejada de nuestra vida cotidiana. Ese nombre apenas susurrado por mis padres. Y esa presencia ineludible en las reuniones familiares, en las que mis padres se empeñaban en mostrar que nada era anormal, pero no podían evitar que se notara su incomodidad.
    —Yo lo veo seguido, al menos una vez por semana. Y ante mi cara de sorpresa prosiguió:
    —No, no te sorprendas. Es mi nieto. Que se haya ido de la casa de tus padres no cambia las cosas. Es más, a mí me parece una cosa totalmente natural, no puedo entender por qué hacen tanto escándalo. Si vos te pelearas con tus padres, yo te seguiría queriendo igual, es algo totalmente lógico. Es hasta tonto tener que explicarlo. ¿Lo vas a seguir visitando?
    —No… no creo.
    —Es una pena, me puse tan contenta cuando me enteré de tu visita… Ezequiel también, claro. Aunque sé que terminó de una manera un poco, cómo decirlo, abrupta. Fue un buen gesto de tu parte ir. Yo pensé que todo iba a ser como antes, después de todo él te enseñó a caminar y me acuerdo de que vos sólo te dormías si Ezequiel te cantaba una canción…
    —Basta con eso, por favor —no grité pero mi voz salió de una manera rara, tal vez fue por la angustia de todos esos días o no sé por qué, pero mi voz sonó distinta, como si fuera otro.
    Pude ver la cara de sorpresa de mi abuela. Eso me armó de valor para continuar.
    —Basta con eso, por favor —esta vez con mi voz normal—, la semana que viene cumplo once años y todo lo que me podés decir de Ezequiel es que me enseñó a caminar y que me cantaba una canción cuando yo tenía tres años. Una canción que ni siquiera sé cuál es. Lo único que tenemos en común los dos son nuestros padres, después nada más, abuela. Nada más. Nos separa un abismo.
    —Tal vez lo bueno de los abismos sea —concluyó la abuela— que se pueden hacer puentes para cruzarlos.

XIII
    Después de que se fue la abuela, me quedé dando vueltas y vueltas en mi cuarto. No sabía qué hacer, pero sí sabía lo que no quería hacer: pensar.
    En mi cabeza se agolpaban Ezequiel y mi padre; puentes y abismos, y a pesar de no haber sido mencionado en nuestra charla, el SIDA y el ave de rapiña.
    En la televisión daban El Mundo de Disney. Nada lograba deprimirme más. Esos brillos, fuegos artificiales y sonrisas de la presentación me producían dolor de estómago.
    Busqué, entonces, un libro; todos los que me interesaban ya los había leído, algunos releído. Los que quedaban eran esos libros, típicos regalos de cumpleaños, que el abuelo de alguien leyó a los ocho años y le gustó, entonces a los ocho años del padre de ese alguien le regalan también ese mismo libro, y obviamente el pobre alguien a los ocho recibe también ese mismo libro acompañado de una frase de este estilo: «Seguramente lo disfrutarás mucho, pequeño alguien, tu abuelo y yo, (o tu padre y yo depende), lo hemos disfrutado mucho también». A nadie le importa que hayan pasado al menos 50 años y que no todos los libros resistan el paso del tiempo.
    De esa lógica, a regalarlo en el primer cumpleaños, hay un paso muy corto que se da habitualmente.
    Decidí ir a comprarme un libro a la librería del shopping. No lo sabía en esos años y no estoy seguro de estar en lo cierto ahora, pero sospecho que uno se hace lector para completar lo inacabado. Para completarse.
    Y así conforme van pasando los años van cambiando los gustos y nos parece mentira que hayamos disfrutado ciertos textos, que después creemos execrables.
    Seguramente no pensaba en esto cuando caminaba por San Isidro para ir a buscar un libro que me liberase de la angustia.
    Sí recuerdo mi desazón cuando llegué a la librería, pregunté por Clara y me contestaron que tenía franco. Habitualmente las embarazadas nos inspiran dulzura, la embarazada que me informó que Clara no estaba y agregó con su mejor sonrisa Mac Donald's: « ¿Te ayudo en algo, tesoro?», me inspiró repugnancia. Supongo, a la luz de los años, que la buena mujer tal vez no era tan desagradable, pero yo a Clara le debía el haberme hecho lector. Ella siempre me había recomendado buenos libros y sabía cuáles darme según mi ánimo.
    Gracias a ella descubrí autores que mis amigos, aun los más lectores, ni siquiera rozaron.
    Creo que ella fue mi primer amor. Yo suponía que esos libros eran sólo para mí, que no tendría otros clientes a quienes recomendárselos. Tal vez no fue tan bueno que yo me hiciera lector a su imagen y semejanza, y que ella me ahorrase los dolores de cabeza. Nunca lo sentí así. Siempre creí que tenía una especial percepción para saber lo que yo iba a disfrutar, y estoy seguro de que ella disfrutaba recomendándome.
    Ese domingo en que ella no estaba, no encontraba qué leer. Tal vez por mi estado de ánimo, tal vez por mi dependencia.
    Revisaba todos los estantes aún los de los chicos más pequeños. Me entretuve buscando a Wally, o algo parecido, a pesar de que nunca me gustaron esos libros. Y de repente me encontré con una pila de María Elena Walsh.
    Los abrí, los hojeé. En uno de ellos, no recuerdo en cuál, me encontré leyendo o cantando o no sé: « Mírenme soy feliz/ entre las hojas que caen/ cuando atraviesa el jardín/el viento en monopatín ». La canción del jardinero. La canción con la que me acunaba Ezequiel.
    Sentía su voz en mi cabeza. « Yo no soy un bailarín/ pero me gusta quedarme/ quieto en la tierra y sentir/ que mis pies tienen raíz ». Ezequiel.
    Y otra vez la sombra del ave de rapiña, cada vez más cerca.
    Creo que me mareé, o no sé bien que pasó. Lo que recuerdo es la pila de los libros en el piso. Toda la obra de María Elena Walsh tirada. La cara de espanto de la embarazada y yo corriendo como alma que lleva el diablo. Supongo que todos pensaron que me había robado algo.
    Sé que no paré de correr hasta el río. Lloraba. No me podía sacar de la cabeza la cara de la gorda, el ave de rapiña, los libros en el piso.
    Y la voz de Ezequiel cantando: « Aprendí que una nuez/ es arrugada y viejita/ pero que puede ofrecer/ mucha mucha mucha miel

Momo

Una ciudad grande
y una niña pequeña
    E n los viejos, viejos tiempos cuando los hombres hablaban todavía muchas otras lenguas, ya había en los países ciudades grandes y suntuosas. Se alzaban allí los palacios de reyes y emperadores, había en ellas calles anchas, callejas estrechas y callejuelas intrincadas, magníficos templos con estatuas de oro y mármol dedicadas a los dioses; había mercados multicolores, donde se ofrecían mercaderías de todos los países, y plazas amplias donde la gente se reunía para comentar las novedades y hacer o escuchar discursos. Sobre todo, había allí grandes teatros. Tenían el aspecto de nuestros circos actuales, sólo que estaban hechos totalmente de sillares de piedra. Las filas de asientos para los espectadores estaban escalonadas como en un gran embudo. Vistos desde arriba, algunos de estos edificios eran totalmente redondos, otros más ovalados y algunos hacían un ancho semicírculo. Se les llamaba anfiteatros.
    Había algunos que eran tan grandes como un campo de fútbol y otros más pequeños, en los que sólo cabían unos cientos de espectadores. Algunos eran muy suntuosos, adornados con columnas y estatuas, y otros eran sencillos, sin decoración. Esos anfiteatros no tenían tejado, todo se hacía al aire libre. Por eso, en los teatros suntuosos se tendían sobre las filas de asientos tapices bordados de oro, para proteger al público del ardor del sol o de un chaparrón repentino. En los teatros más humildes cumplían la misma función cañizos de mimbre o paja. En una palabra: los teatros eran tal como la gente se los podía permitir. Pero todos querían tener uno, porque eran oyentes y mirones apasionados.
    Y cuando escuchaban los acontecimientos conmovedores o cómicos que se representaban en la escena, les parecía que la vida representada era, de modo misterioso, más real que su vida cotidiana. Y les gustaba contemplar esa otra realidad.
    Han pasado milenios desde entonces. Las grandes ciudades de aquel tiempo han decaído, los templos y palacios se han derrumbado. El viento y la lluvia, el frío y el calor han limado y excavado las piedras, de los grandes teatros no quedan más que ruinas. En los agrietados muros, las cigarras cantan su monótona canción y es como si la tierra respirara en sueños.
    Pero algunas de esas viejas y grandes ciudades siguen siendo, en la actualidad, grandes. Claro que la vida en ellas es diferente. La gente va en coche o tranvía, tiene teléfono y electricidad. Pero por aquí o por allí, entre los edificios nuevos, quedan todavía un par de columnas, una puerta, un trozo de muralla o incluso un anfiteatro de aquellos lejanos días.
    En una de esas ciudades transcurrió la historia de Momo.
    Fuera, en el extremo sur de esa gran ciudad, allí donde comienzan los primeros campos, y las chozas y chabolas son cada vez más miserables, quedan, ocultas en un pinar, las ruinas de un pequeño anfiteatro. Ni siquiera en los viejos tiempos fue uno de los suntuosos; ya por aquel entonces era, digamos, un teatro para gente humilde. En nuestros días, es decir, en la época en que se inició la historia de Momo, las ruinas estaban casi olvidadas. Sólo unos pocos catedráticos de arqueología sabían que existían, pero no se ocupaban de ellas porque ya no había nada que investigar. Tampoco era un monumento que se pudiera comparar con los otros que había en la gran ciudad. De modo que sólo de vez en cuando se perdían por allí unos turistas, saltaban por las filas de asientos, cubiertas de hierbas, hacían ruido, hacían alguna foto y se iban de nuevo. Entonces volvía el silencio al círculo de piedra y las cigarras cantaban la siguiente estrofa de su interminable canción que, por lo demás, no se diferenciaba en nada de las estrofas anteriores.
    En realidad, sólo las gentes de los alrededores conocían el curioso edificio redondo. Apacentaban en él sus cabras, los niños usaban la plaza redonda para jugar a la pelota y a veces se encontraban ahí, de noche, algunas parejitas.
    Pero un día corrió la voz entre la gente de que últimamente vivía alguien en las ruinas. Se trataba, al parecer, de una niña. No lo podían decir exactamente, porque iba vestida de un modo muy curioso. Parecía que se llamaba Momo o algo así.
    El aspecto externo de Momo ciertamente era un tanto desusado y acaso podía asustar algo a la gente que da mucha importancia al aseo y al orden. Era pequeña y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía ocho años sólo o ya tenía doce. Tenía el pelo muy ensortijado, negro, como la pez, y con todo el aspecto de no haberse enfrentado jamás a un peine o unas tijeras. Tenía unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza. Sólo en invierno llevaba zapatos de vez en cuando, pero solían ser diferentes, descabalados, y además le quedaban demasiado grandes. Eso era porque Momo no poseía nada más que lo que encontraba por ahí o lo que le regalaban. Su falda estaba hecha de muchos remiendos de diferentes colores y le llegaba hasta los tobillos. Encima llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, cuyas mangas se arremangaba alrededor de la muñeca. Momo no quería cortarlas porque recordaba, previsoramente, que todavía tenía que crecer. Y quién sabe si alguna vez volvería a encontrar un chaquetón tan grande, tan práctico y con tantos bolsillos.
    Debajo del escenario de las ruinas, cubierto de hierba, había unas cámaras medio derruidas, a las que se podía llegar por un agujero en la pared. Allí se había instalado Momo como en su casa. Una tarde llegaron unos cuantos hombres y mujeres de los alrededores que trataron de interrogarla. Momo los miraba asustada, porque temía que la echaran. Pero pronto se dio cuenta de que eran gente amable. Ellos también eran pobres y conocían la vida.
    —Y bien —dijo uno de los hombres—, parece que te gusta esto.
    —Sí —contestó Momo.
    — ¿Y quieres quedarte aquí?
    —Sí, sí puedo.
    —Pero, ¿no te espera nadie?
    —No.
    —Quiero decir, ¿no tienes que volver a casa?
    —Ésta es mi casa.
    — ¿De dónde vienes, pequeña?
    Momo hizo con la mano un movimiento indefinido, señalando algún lugar cualquiera a lo lejos.
    — ¿Y quiénes son tus padres? —siguió preguntando el hombre.
    La niña lo miró perpleja, también a los demás, y se encogió un poco de hombros. La gente se miró y suspiró.
    —No tengas miedo —siguió el hombre—. No queremos echarte. Queremos ayudarte.
    Momo asintió muda, no del todo convencida.
    —Dices que te llamas Momo, ¿no es así?
    —Sí.
    —Es un nombre bonito, pero no lo he oído nunca. ¿Quién te ha llamado así?
    —Yo —dijo Momo.
    — ¿Tú misma te has llamado así?
    —Sí.
    — ¿Y cuándo naciste?
    Momo pensó un rato y dijo, por fin:
    —Por lo que puedo recordar, siempre he existido.
    — ¿Es que no tienes ninguna tía, ningún tío, ninguna abuela, ni familia con quien puedas ir?
    Momo miró al hombre y calló un rato. Al fin murmuró:
    —Ésta es mi casa.
    —Bien, bien —dijo el hombre—. Pero todavía eres una niña. ¿Cuántos años tienes?
    —Cien —dijo Momo, como dudosa.
    La gente se rio, pues lo consideraba un chiste.
    —Bueno, en serio, ¿cuántos años tienes?
    —Ciento dos —contestó Momo, un poco más dudosa todavía.
    La gente tardó un poco en darse cuenta de que la niña sólo conocía un par de números que había oído por ahí, pero que no significaban nada, porque nadie le había enseñado a contar.
    —Escucha —dijo el hombre, después de haber consultado con los demás—. ¿Te parece bien que le digamos a la policía que estás aquí? Entonces te llevarían a un hospicio, donde tendrías comida y una cama y donde podrías aprender a contar y a leer y a escribir y muchas cosas más. ¿Qué te parece, eh?
    —No —murmuró—. No quiero ir allí. Ya estuve allí una vez. También había otros niños. Había rejas en las ventanas. Había azotes cada día, y muy injustos. Entonces, de noche, escalé la pared y me fui. No quiero volver allí.
    —Lo entiendo —dijo un hombre viejo, y asintió.
    Y los demás también lo entendían y asintieron.
    —Está bien —dijo una mujer—. Pero todavía eres muy pequeña. Alguien ha de cuidar de ti.
    —Yo —contestó Momo aliviada.
    — ¿Ya sabes hacerlo? —preguntó la mujer.
    Momo calló un rato y dijo en voz baja:
    —No necesito mucho.
    La gente volvió a intercambiar miradas, a suspirar y a asentir.
    —Sabes, Momo —volvió a tomar la palabra el hombre que había hablado primero—, creemos que quizá podrías quedarte con alguno de nosotros. Es verdad que todos tenemos poco sitio, y la mayor parte ya tenemos un montón de niños que alimentar, pero por eso creemos que uno más no importa. ¿Qué te parece eso, eh?
    —Gracias —dijo Momo, y sonrió por primera vez—. Muchas gracias. Pero, ¿por qué no me dejáis vivir aquí?
    La gente estuvo discutiendo mucho rato, y al final estuvo de acuerdo. Porque aquí, pensaban, Momo podía vivir igual de bien que con cualquiera de ellos, y todos juntos cuidarían de ella, porque de todos modos sería mucho más fácil hacerlo todos juntos que uno solo.
    Empezaron en seguida, limpiaron y arreglaron la cámara medio derruida en la que vivía Momo todo lo bien que pudieron. Uno de ellos, que era albañil, construyó incluso un pequeño hogar. También encontraron un tubo de chimenea oxidado. Un viejo carpintero construyó con unas cajas una mesa y dos sillas. Por fin, las mujeres trajeron una vieja cama de hierro fuera de uso, con adornos de madera, un colchón que sólo estaba un poco roto y dos mantas. La cueva de piedra debajo del escenario se había convertido en una acogedora habitación. El albañil, que tenía aptitudes artísticas, pintó un bonito cuadro de flores en la pared. Incluso pintó el marco y el clavo del que colgaba el cuadro.
    Entonces vinieron los niños y los mayores y trajeron la comida que les sobraba, uno un pedacito de queso, el otro un pedazo de pan, el tercero un poco de fruta y así los demás. Y como eran muchos niños, se reunió esa noche en el anfiteatro un nutrido grupo e hicieron una pequeña fiesta en honor de la instalación de Momo. Fue una fiesta muy divertida, como sólo saben celebrarlas la gente modesta.
    Así comenzó la amistad entre la pequeña Momo y la gente de los alrededores.

Actividades:

 

1.       ¿Cuáles son los personajes presentes en el libro: “Los ojos del perro siberiano” y “Momo”?

2.       Escribe las palabras significativas.

3.       Escribe 10 frases alusivas a la familia, al respeto y a la no discriminación.

4.       Da una conclusión crítica acerca de lo leído en la guía.

 

 

 

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