GUÍA SÉPTIMA DE PLAN LECTOR 8°
GUÍA SÉPTIMA DE PLAN LECTOR 8°
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INSTITUCION EDUCATIVA OCTAVIO HARRY-JACQUELINE
KENNEDY DANE 105001003271 - NIT 811.018.854-4 -
COD ICFES 050963 // 725473 |
Código: FA 21 Fecha: 20/04/2020 |
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Guía de aprendizaje por núcleos temáticos No 7 |
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Docente (s): |
Nayive Melo Duque |
Grados: |
8° |
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Año: |
2021 |
Período: |
3° |
Núcleo Temático: |
Plan Lector |
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Objetivo de la guía de acuerdo con los objetivos de grado: |
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1.
Expresa
oralmente de manera sencilla y coherente conocimientos, ideas, hechos y
vivencias, adecuando progresivamente su vocabulario, incorporando nuevas
palabras y perspectivas personales desde la escucha e intervenciones de los
demás. 2.
Comprende
el sentido de textos orales de distinta tipología de uso habitual Comprende
la información general en textos orales de uso habitual. |
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Indicadores de desempeño: |
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Introducción:
No olvides que, tus profes, te
queremos mucho.
Un abrazo gigantesco para ti y tu familia.
Un
viejo callado
y un joven parlanchín
A un cuando alguien tiene muchos amigos, suele haber
entre ellos unos pocos a los que se quiere todavía más que a los demás. También
en el caso de Momo era así.
Tenía dos grandes amigos que iban a verla cada día y que compartían
con ella todo lo que tenían. Uno era joven y otro viejo.
Momo no habría sabido decir a quién de los dos quería
más.
El viejo se llamaba Beppo Barrendero. Seguro que en
realidad tendría otro apellido, pero como era barrendero de profesión y todos
le llamaban así, él también decía que ése era su nombre.
Beppo Barrendero vivía en una choza que él mismo se
había construido, cerca del anfiteatro, a base de ladrillos, latas y cartón
embreado. Era extraordinariamente bajo e iba siempre un poco encorvado, por lo
que apenas sobrepasaba a Momo. Siempre llevaba su gran cabeza, sobre la que se
erguía un mechón de pelos canosos, un poco torcida, y sobre la nariz llevaba
unas pequeñas gafas.
Algunos opinaban que a Beppo Barrendero le faltaba
algún tornillo. Lo decían porque ante las preguntas se limitaba a sonreír
amablemente y no contestaba. Pensaba. Y cuando creía que una respuesta era
innecesaria, se callaba. Pero cuando la creía necesaria, pensaba sobre ella. A
veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras
tanto, el otro, claro está, había olvidado qué había preguntado, por lo que la
respuesta de Beppo le sorprendía.
Sólo Momo sabía esperar tanto y entendía lo que decía.
Sabía que se tomaba tanto tiempo para no decir nunca nada que no fuera verdad.
Pues en su opinión, todas las desgracias del mundo nacían de las muchas
mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por
la prisa o la imprecisión.
Cada mañana iba, antes del amanecer, en su vieja y
chirriante bicicleta, hacia el centro de la ciudad, a un gran edificio. Allí
esperaba, con sus compañeros, en un patio, hasta que le daban una escoba y le
señalaban una calle que tenía que barrer.
A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer,
cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía
que era un trabajo muy necesario.
Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente,
pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una
barrida. Paso-inspiración-barrida. Paso-inspiración-barrida. De vez en cuando,
se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía
paso-inspiración-barrida.
Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y
la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin
palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a
duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo,
cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le
escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras
adecuadas.
—Ves, Momo —le decía, por ejemplo—, las cosas son así:
a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga,
que nunca crees que podrás acabarla.
Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces
siguió:
—Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más
prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y
te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y
la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.
Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:
—Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez,
¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración
siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.
Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:
—Entonces es divertido; eso es importante, porque
entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.
Después de una nueva y larga interrupción, siguió:
—De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha
barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin
aliento.
Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:
—Eso es importante.
Otra vez se sentó al lado de Momo, callado, y ella vio
que estaba pensando y que quería decir algo muy especial. De repente, él la
miró a los ojos y le dijo:
—Nos he reconocido.
Pasó mucho rato antes de que continuara con voz baja:
—Eso ocurre, a veces… a mediodía…, cuando todo duerme
en el calor… El mundo se vuelve transparente… Como un río, ¿entiendes?… Se
puede ver el fondo.
Asintió y calló un rato, para decir en voz más baja:
—Hay allí otros tiempos, allí al fondo.
Volvió a pensar un buen rato, buscando las palabras
adecuadas. Pero pareció no encontrarlas, pues de repente dijo con voz
totalmente normal:
—Hoy estuve barriendo junto a las viejas murallas. Hay
allí cinco sillares de otro color. Así, ¿entiendes?
Y con el dedo dibujó una gran T en el suelo. La miró
con la cabeza torcida y, de repente, murmuró:
—Las he reconocido, las piedras.
Después de otra interrupción siguió a empellones:
—Esos eran otros tiempos, cuando se construyó la
muralla… Trabajaron muchos en ella… Pero había dos, entre ellos, que colocaron
esos sillares… Era una señal, ¿comprendes?… La he reconocido.
Se pasó las manos por los ojos. Parecía costarle un
gran esfuerzo lo que intentaba decir, porque al seguir hablando, las palabras
salían con esfuerzo:
—Tenían otro aspecto, esos dos, en aquel entonces.
Y en ese momento dijo, en tono definitivo y casi
colérico.
—Pero nos he reconocido, a ti y mí. ¡Nos he reconocido!
No se le puede tomar a mal a la gente el que sonriera
cuando oía hablar a Beppo Barrendero de ese modo y, a sus espaldas, algunos
señalaban la sien con el dedo. Pero Momo lo quería y guardaba todas sus
palabras en su corazón.
El otro amigo de Momo era joven y, en todos los
aspectos, lo más opuesto a Beppo Barrendero. Era un guapo muchacho de ojos
soñadores, pero una lengua increíble. Siempre estaba repleto de bromas y
chistes, y sabía reír con tal ligereza, que había que reír con él, se quisiera
o no. Se llamaba Girolamo, pero todos lo llamaban Gigi.
Como al viejo Beppo lo hemos llamado según su
profesión, haremos lo mismo con Gigi, aunque no tenía ninguna profesión
precisa. Lo vamos a llamar, pues, Gigi Cicerone. Pero ya queda dicho que la de
cicerone sólo era una de las muchas profesiones que ejercía según la ocasión, y
no lo era, ni mucho menos, de modo oficial.
El único requisito que tenía para ejercer esa actividad
era una gorra de plato. Se la ponía en cuanto veía aparecer, de tarde en tarde,
algún grupo de viajeros que se había perdido por ese barrio. Se acercaba a
ellos con la cara seria y se ofrecía a guiarlos y explicarles todo. Si los forasteros
estaban de acuerdo, se disparaba y les contaba los cuentos de Calleja. Punteaba
su relato de acontecimientos, nombres y fechas inventados, de tal manera que
los pobres oyentes quedaban totalmente confusos. Algunos se daban cuenta y se
marchaban enfadados. Pero la mayoría se lo creía y se lo retribuían cuando Gigi
pasaba la gorra, al final.
La gente de los alrededores se reía de las invenciones
de Gigi, pero algunos ponían caras censoras y opinaban que no estaba bien que
aceptara dinero a cambio de historias que, al fin y al cabo, había inventado.
—Eso lo hacen todos los poetas —decía a eso Gigi—. ¿Y
acaso la gente no ha recibido nada a cambio de su dinero? Yo os digo que han
recibido exactamente lo que querían. ¿Y qué importa que lo que yo cuente esté o
no escrito en algún libro muy sabio? ¿Quién os dice a vosotros que las
historias que ponen en los libros sabios no sean inventadas, sólo que nadie se
acuerda ya?
Otra vez decía:
— ¿Quién sabe lo que es cierto y lo que no? ¿Quién puede
saber lo que ha ocurrido aquí hace mil o dos mil años? ¿Lo sabéis vosotros?
—No —reconocían los demás.
— ¡Lo veis! —Exclamaba Gigi Cicerone—. ¡Cómo podéis
decir vosotros que las historias que yo cuento no son verdad! Puede ser que,
casualmente, haya ocurrido tal como yo lo cuento. Entonces he dicho la pura
verdad.
A eso era difícil oponer nada. Sí, en lo que se refiere
a locuacidad, Gigi fácilmente podía con todos ellos.
Lamentablemente venían muy pocos forasteros que
quisieran ver el anfiteatro, por lo que Gigi tenía que practicar otras
profesiones. Según la ocasión, era guarda de un aparcamiento, testigo de boda,
paseador de perros, cartero de amor, participante en un funeral, traficante de
recuerdos y muchas otras cosas más.
Pero Gigi soñaba con volverse rico y famoso. Viviría en
una casa de fábula, rodeada de un parque; comería en platos dorados y dormiría
sobre almohadas de seda. Y se veía a sí mismo en el esplendor de la fama como
un sol, cuyos rayos ya lo calentaban ahora, en su miseria.
— ¡Lo conseguiré! —Exclamaba, cuando los otros se reían de sus
sueños—. Todos os acordaréis de mis palabras.
Pero ni él mismo hubiera podido decir cómo pensaba
alcanzar la fama. Porque no le atraían demasiado el esfuerzo y el trabajo.
—Eso no tiene mérito —le decía a Momo—, así se puede
hacer rico cualquiera. Míralos, lo que parecen los que han vendido la vida y el
alma por un poco de bienestar. No, a eso no juego yo. Y aunque muchas veces no
tenga dinero, ni siquiera para pagar una taza de café, Gigi seguirá siendo
Gigi.
Se pensaría que era totalmente imposible que dos
personas de ideas tan diferentes acerca del mundo y la vida, como Gigi Cicerone
y Beppo Barrendero, se hicieran amigos. Sin embargo, así era. Da la casualidad
que el único que nunca censuraba a Gigi su ligereza era el viejo Beppo. Y por
la misma casualidad era precisamente el locuaz Gigi el único que nunca se reía
del sorprendente y viejo Beppo.
Probablemente fuera a causa del modo en que Momo los
escuchaba a ambos.
Ninguno de los tres intuía que pronto caería una sombra
sobre su amistad. Y no sólo sobre su amistad, sino sobre toda la región; una
sombra que crecía y crecía y que ahora mismo, oscura y fría, se extendía ya
sobre la gran ciudad.
Se trataba de una conquista callada e insensible, que
avanzaba día a día, y contra la que nadie se resistía, porque nadie conseguía
darse cuenta de ella. Y los conquistadores, ¿quiénes eran?
Ni siquiera el viejo Beppo, que se daba cuenta de
tantas cosas que los demás no veían, observaba los hombres grises que
recorrían, incansables, la ciudad y parecían estar siempre ocupados. Y eso que
no eran invisibles. Se les veía, y no se les veía. De algún misterioso modo
eran capaces de pasar desapercibidos, de manera que no se les observaba o se
volvía a olvidar, en seguida, su aspecto. Así podían operar en la
clandestinidad, precisamente porque no se ocultaban. Y como nadie reparaba en
ellos, nadie les preguntaba de dónde habían salido y de dónde salían, porque
cada día eran más.
Circulaban por las calles en elegantes coches grises,
entraban en todas las casas, se sentaban en todos los restaurantes. Muchas
veces hacían anotaciones en sus agendas.
Eran unos hombres vestidos con trajes de un color gris
telaraña. Incluso sus caras parecían ser de ceniza gris. Llevaban bombines y
fumaban pequeños puros grises. Cada uno llevaba siempre un maletín gris plomo.
Tampoco Gigi Cicerone había notado que varias veces
alguno de esos hombres grises habían estado cerca del anfiteatro y habían
apuntado muchas cosas en sus agendas.
Sólo Momo había observado que una tarde habían
aparecido sus oscuras siluetas por el borde superior del anfiteatro. Se habían
hecho señas los unos a los otros y después se habían reunido a discutir. No se
había oído nada, pero Momo, de repente, había sentido un frío muy especial,
como no lo había notado nunca antes. No le sirvió de nada que se arrebujara más
estrechamente en su gran chaquetón, porque no era un frío normal.
Después, los hombres grises se habían ido de nuevo y no
habían vuelto a aparecer.
Esa noche, Momo no había podido oír, como otras veces,
la música callada y poderosa. Pero al día siguiente, la vida había continuado
como siempre, y Momo no volvió a pensar en los curiosos visitantes. También
ella los había olvidado.
Cuentos para muchos
y cuentos para una
P oco a poco, Momo se había vuelto totalmente
imprescindible para Gigi Cicerone. En la medida en que se puede afirmar eso de
un tipo tan inconstante como él, había cobrado un profundo cariño por la niña,
y hubiera querido llevarla consigo a todas partes.
El contar historias era, como ya sabemos, su pasión. Y
precisamente en este punto se había operado un cambio en él. Antes, sus
historias habían resultado de vez en cuando, un tanto pobres, no se le ocurría
nada interesante, repetía algunas cosas o recurría a alguna película que había
visto o alguna noticia que había leído. Por decirlo así, sus historias habían
ido a pie, pero desde que conocía a Momo, le habían crecido alas.
Especialmente cuando Momo estaba con él y le escuchaba,
su fantasía florecía como un prado en primavera. Niños y mayores se apiñaban a
su alrededor. Ahora era capaz de contar historias que se estiraban en muchos
capítulos a lo largo de días y semanas, y nunca se le agotaban las ocurrencias.
Él mismo, por cierto, también se escuchaba con la máxima atención, porque no
tenía la más mínima idea de adónde le conduciría su fantasía.
Una vez que llegaron unos viajeros que querían visitar
el anfiteatro (Momo estaba sentada, algo apartada, en las gradas de piedra),
comenzó del modo siguiente:
—¡Estimadas señoras y caballeros! Como acaso todos
ustedes sepan, la emperatriz Basilisca Agustina emprendió incontables guerras
para defender su imperio de los constantes ataques de los pitos y flautas.
»Tras someter una vez más esos pueblos, estaba tan
irritada por la incansable molestia que amenazó con exterminar a todos los
atacantes a menos que su rey Xaxotraxolus le cediera, como castigo, su carpa
dorada.
»Pues en aquella época, damas y caballeros, las carpas
doradas todavía eran desconocidas aquí. Pero la emperatriz Basilisca había oído
de boca de un viajero que el rey Xaxotraxolus poseía un pececito que, en cuanto
que hubiera acabado de crecer, se convertiría en oro puro. Y esa rareza quería
poseerla a cualquier precio la emperatriz Basilisca.
»El rey Xaxotraxolus se rió para sus adentros. Ocultó
debajo de la cama la carpa dorada, que efectivamente poseía, e hizo entregar a
la emperatriz, en una sopera incrustada de diamantes, una ballena pequeñita.
»Bien es cierto que la emperatriz quedó un tanto
sorprendida por el tamaño del animal, pues se había imaginado la carpa dorada
un poco más pequeña. Pero pensó que cuanto mayor, mejor, pues tanto más oro
produciría, al final, el pez. Pero, por otro lado, ese pez no parecía dorado, y
eso la intranquilizaba. Pero el emisario del rey Xaxotraxolus le declaró que el
pez no se convertiría en oro hasta haber acabado de crecer, no antes. Por eso
era muy importante que no se le estorbara en su crecimiento. Con eso, la
emperatriz Basilisca se dio por satisfecha.
»El pececito crecía de día en día y consumía enormes
cantidades de comida. Pero la emperatriz no era pobre y el pez recibía todo lo
que podía tragar, con lo que se hizo grande y gordo. Pronto la sopera se quedó
pequeña.
»“Cuanto mayor, mejor”, dijo la emperatriz Basilisca, y
lo hizo trasladar a su bañera. Pero al poco tiempo ya no cabía tampoco en la
bañera. Crecía y crecía. Entonces fue trasladado a la piscina imperial. Eso ya
era un transporte bastante complicado, porque el pez ya pesaba tanto como un
buey. Uno de los esclavos que tenía que arrastrarlo resbaló y la emperatriz lo
mandó tirar a los leones, porque el pez lo era todo para ella.
»Todos los días se pasaba muchas horas sentada al borde
de la piscina y lo veía crecer. No pensaba más que en el oro, pues es sabido
que llevaba una vida muy espléndida y nunca tenía oro suficiente.
»“Cuanto mayor, mejor”, murmuraba para sí. Esa frase se
convirtió en el lema del imperio y se grabó en letras de oro en todos los
edificios estatales.
»Pero, hasta la piscina imperial resultó demasiado
pequeña para el pez. Entonces, Basilisca mandó construir este edificio, cuyas
ruinas, señoras y señores, tienen ante sí. Era un enorme acuario, totalmente
circular, lleno hasta el borde de agua, en el que el pez, por fin, podía
estirarse a gusto.
»La emperatriz, como ya hemos dicho, pasaba día y noche
en este lugar y esperaba que el pez gigante se convirtiera en oro. Ya no se
fiaba de nadie, ni de sus esclavos ni de sus parientes, y temía que le fueran a
robar el pez. De modo que ahí estaba, adelgazaba más y más por el miedo y la
preocupación, no pegaba ojo y vigilaba el pez, que nadaba divertido y no pensaba
siquiera en convertirse en oro. Y Basilisca se despreocupaba más y más de los
asuntos del gobierno.
»Eso precisamente habían esperado los pitos y flautas.
Bajo la dirección de su rey Xaxotraxolus, emprendieron una última campaña y
conquistaron todo el imperio en un paseo militar. No se encontraron con ningún
soldado y al pueblo tanto le daba quién lo gobernara.
»Cuando la emperatriz Basilisca se enteró, por fin, del
asunto, pronunció las famosas palabras: “¡Ay de mí! Ojalá…”. El resto por
desgracia, no ha llegado hasta nosotros. Lo que sí se sabe con certeza es que
se lanzó a este acuario y se ahogó al lado del pez, tumba de todas sus
esperanzas. Para celebrar la victoria, el rey Xaxotraxolus mandó matar la
ballena, de modo que todo el pueblo recibió, durante ocho días, filete de
pescado asado.
»Así pueden ver, señoras y señores, adónde conduce la
credulidad.
Con estas palabras concluyó Gigi su relato, y los
oyentes estaban visiblemente impresionados. Miraban las ruinas con todo
respeto. Sólo uno de ellos desconfiaba un poco y preguntó:
—¿Y cuándo dice que ocurrió todo eso?
Gigi nunca dejaba una pregunta sin contestar y dijo:
—Como todo el mundo sabe, la emperatriz Basilisca fue
contemporánea del filósofo Sínaca el Viejo.
El desconfiado, claro está, no quería reconocer que no
sabía cuándo había vivido el filósofo Sínaca el Viejo, por lo que sólo dijo:
—Ah, muchas gracias.
Todos los oyentes estaban sumamente satisfechos y
decían que esa visita realmente había merecido la pena, y que nadie les había
explicado nunca, tan comprensiblemente, los hechos de la historia. Entonces
Gigi presentó, modestamente, su gorra, y la gente se mostró generosa. Incluso
el desconfiado echó unas monedas en ella. Además, desde que había llegado Momo,
Gigi no contaba nunca dos veces la misma historia. Le habría resultado
demasiado aburrido. Si Momo estaba entre los oyentes, le parecía que en su
interior se abrían unas compuertas por las que fluían más y más ocurrencias,
sin que tuviera necesidad de parar a pensárselas.
Al contrario: muchas veces tenía que intentar
refrenarse, para no ir demasiado lejos, como aquella vez, en que dos damas
americanas, mayores, distinguidas, habían aceptado sus servicios. Pues les
había dado un buen susto cuando les relató lo siguiente:
—Claro está que incluso en su bella y libre América,
estimadas señoras, sabrán que el cruel tirano Marjencio Communo había concebido
un plan de cambiar el mundo según sus ideas. Pero hiciera lo que hiciera, la
gente seguía siendo más o menos igual y no se dejaba cambiar. Entonces, en su
vejez, Marjencio Communo se volvió loco. Como ustedes saben, estimadas señoras,
en aquel tiempo no había todavía psiquiatras que supieran curar esas
enfermedades. Con lo que había que dejar que los tiranos hicieran el loco como
quisieran. En su locura, a Marjencio Communo se le ocurrió la idea de dejar que
el mundo siguiera siendo como quisiera y hacerse otro, nuevo, a su gusto.
»Así que ordenó que se construyera un globo que tenía
que tener el mismo tamaño que la vieja Tierra, y en el que había que
reproducir, con toda fidelidad, cada detalle: cada casa, cada árbol, todas las
montañas, ríos y mares. Toda la humanidad fue obligada, bajo pena de muerte, a
trabajar en la ingente obra.
»En primer lugar, construyeron un pedestal, sobre el
que debía apoyarse ese globo gigantesco. La ruina de ese pedestal, estimadas
señoras, es la que tienen ustedes ante sí.
»Entonces se comenzó a construir el propio globo
terráqueo, una esfera gigantesca, del mismo tamaño que la Tierra. Cuando se
acabó de construir la esfera, se reprodujo con cuidado todo lo que había sobre
la Tierra.
»Claro está que se necesitaba mucho material para ese
globo terráqueo, y ese material no se podía tomar de ningún lado más que de la
propia Tierra. Así, la Tierra se hacía cada vez más pequeña, mientras el globo
se hacía mayor.
»Y cuando se hubo terminado de hacer el nuevo mundo,
hubo que aprovechar para ello precisamente la última piedrecita que quedaba de
la Tierra. Claro está que también todos los habitantes se habían ido de la
vieja Tierra al nuevo globo terráqueo, porque la vieja se había acabado. Cuando
Marjencio Communo se dio cuenta de que todo seguía igual que antes, se cubrió
la cabeza con la toga y se fue. Nadie sabe adónde.
»Ven ustedes, estimadas señoras, este hueco en forma de
embudo, que permite distinguir las ruinas en la actualidad es el pedestal que
se apoyaba en la superficie de la vieja Tierra. Así que deben imaginárselo todo
al revés.
Las dos distinguidas damas de América palidecieron, y
una preguntó:
— ¿Y dónde ha quedado el globo terráqueo?
—Están ustedes en él —contestó Gigi—. El mundo actual,
señoras mías, es el globo terráqueo.
Las dos damas chillaron horrorizadas y huyeron. Gigi presentó
en vano la gorra.
Pero lo que más le gustaba a Gigi era contarle cuentos
sólo a Momo, cuando no escuchaba nadie más. Casi siempre eran cuentos que
trataban de los propios Gigi y Momo. Y sólo estaban destinados a ellos dos y
eran totalmente diferentes a los que Gigi contaba en otras ocasiones.
Una noche hermosa y cálida, los dos estaban sentados
callados en los escalones de piedra. En el cielo brillaban ya las primeras
estrellas y la luna se perfilaba, grande y plateada, sobre las siluetas negras
de los pinos.
— ¿Me cuentas un cuento? —pidió Momo.
—Está bien —dijo Gigi—. ¿De quién?
—De Momo y Girolamo, si puede ser —contestó Momo.
Gigi reflexionó un momento y preguntó:
— ¿Y cómo ha de llamarse?
—Quizá… ¿El
cuento del espejo mágico?
Gigi asintió, pensativo:
—Eso suena bien. Veamos qué pasa.
Puso un brazo alrededor de los hombros de Momo y
comenzó:
—Érase una vez una hermosa princesa llamada Momo, que
vestía de seda y terciopelo y vivía muy por encima del mundo, sobre la cima de
una montaña, cubierta de nieve, en un castillo de cristal.
»Tenía todo lo que se puede desear, no comía más que
los manjares más finos y no bebía más que el vino más dulce. Dormía sobre
almohadas de seda y se sentaba en sillas de marfil. Lo tenía todo, pero estaba
completamente sola.
»Todo lo que la rodeaba, la servidumbre, las camareras,
gatos, perros y pájaros e incluso las flores, todo, no eran más que reflejos de
un espejo.
»Porque resulta que la princesa Momo tenía un espejo
mágico grande, redondo y de la más pura plata. Lo enviaba cada día y cada noche
por todo el mundo. Y el gran espejo flotaba sobre países y mares, sobre
ciudades y campos. La gente que lo veía no se sorprendía, sino que decía: “Es
la luna”.
»Y cada vez que el espejo volvía, ponía delante de la
princesa todos los reflejos que había recogido durante su viaje. Los había
bonitos y feos, interesantes y aburridos, según como salía. La princesa escogía
los que le gustaban, mientras que los otros los tiraba simplemente a un arroyo.
Y los reflejos liberados volvían a sus dueños, a través del agua, mucho más
deprisa de lo que te imaginas. A eso se debe que veas tu propia imagen
reflejada cuando te inclinas sobre un pozo o un charco de agua.
»A todo esto he olvidado decir que la princesa Momo era
inmortal. Porque nunca se había mirado a sí misma en el espejo mágico. Porque
quien veía en él su propia imagen, se volvía, por ello, mortal. Eso lo sabía
muy bien la princesa Momo, y por lo tanto no lo hacía. De ese modo vivía con
todas sus imágenes, jugaba con ellas y estaba bastante contenta.
»Pero un día, el espejo mágico le trajo una imagen que
le interesó más que todas las otras. Era la imagen de un joven príncipe. Cuando
lo hubo visto le entró tal nostalgia, que quería llegar hasta él como fuera.
Pero, ¿cómo? No sabía dónde vivía, ni quién era, no sabía ni siquiera cómo se
llamaba.
»Como no encontraba otra solución, decidió mirarse por
fin en el espejo. Porque pensaba: “A lo mejor el espejo llevará mi imagen hasta
el príncipe. Puede que mire casualmente hacia el cielo, cuando pase el espejo,
y verá mi imagen. Acaso siga el camino del espejo y me encuentre aquí”.
»Así que se miró largamente en el espejo y lo envió por
el mundo con su reflejo. Pero así, claro está, se había vuelto mortal.
»En seguida oirás cómo sigue esta historia, pero
primero he de hablarte del príncipe.
»Este príncipe se llamaba Girolamo y vivía en un reino
fabuloso. Todos los que vivían en él amaban y admiraban al príncipe. Un buen
día, los ministros dijeron al príncipe: “Majestad, debéis casaros, porque así
es como debe ser”.
»El príncipe Girolamo no tenía nada que oponer, de modo
que llegaron al palacio las más bellas señoritas del país, para que pudiera
elegir una. Todas se habían puesto lo más guapas posible, porque todas querían
casarse con él.
»Pero entre las muchachas también se había colado en el
palacio un hada mala, que no tenía en las venas sangre roja y cálida, sino
sangre verde y fría. Claro que eso no se le notaba, porque se había maquillado
con mucho cuidado.
»Cuando el príncipe entró en el gran salón dorado del
trono, para hacer su elección, ella pronunció rápidamente un conjuro, de modo
que Girolamo no vio a nadie más que ella. Y además le pareció tan hermosa, que
al momento le preguntó si quería ser su esposa.
»—Con mucho gusto —dijo el hada mala—, pero pongo una
condición.
»—La cumpliré —respondió Girolamo, irreflexivo.
»—Está bien —contestó el hada mala, y sonrió con tal
dulzura, que el desgraciado príncipe casi se marea—, durante un año no podrás
mirar el flotante espejo de plata. Si lo haces, olvidarás al instante todo lo
que es tuyo. Olvidarás lo que eres en realidad y tendrás que ir al país de Hoy,
donde nadie te conoce, y allí vivirás como un pobre diablo. ¿Estás de acuerdo?
»—Si no es más que eso —exclamó el príncipe Girolamo—,
la condición es fácil.
»¿Qué ha ocurrido mientras tanto con la princesa Momo?
»Había esperado y esperado, pero el príncipe no había
venido. Entonces decidió salir a buscarle ella misma. Devolvió la libertad a
todas las imágenes que tenía a su alrededor. Entonces bajó, totalmente sola y
en sus suaves zapatillas, desde su palacio de cristal, a través de las montañas
nevadas, hacia el mundo. Recorrió todos los países, hasta que llegó al país de
Hoy. A estas alturas sus zapatillas estaban gastadas y tenía que ir descalza.
Pero el espejo mágico con su imagen seguía flotando por el cielo.
»Una noche el príncipe Girolamo estaba sentado en el
tejado de su palacio dorado y jugaba a las damas con el hada de la sangre verde
y fría. De repente cayó una gota diminuta sobre la mano del príncipe.
»—Empieza a llover —dijo el hada de la sangre verde.
»—No —contestó el príncipe—, no puede ser porque no hay
ni una sola nube en el cielo.
»Y miró hacia lo alto, directamente al gran espejo
mágico, plateado, que flotaba allí arriba. Entonces vio la imagen de la
princesa Momo y observó que lloraba y que una de sus lágrimas le había caído
sobre la mano. En el mismo momento se dio cuenta de que el hada le había
engañado, que no era hermosa y que en sus venas sólo tenía sangre verde y fría.
Era a la princesa Momo a la que amaba en verdad.
»—Acabas de romper tu promesa —dijo el hada verde, y su
cara se crispó hasta parecer la de una serpiente— y ahora has de pagarlo.
»Introdujo sus largos dedos verdes en el pecho de
Girolamo, que se quedó sentado como paralizado, y le hizo un nudo en el
corazón. En ese mismo instante olvidó que era el príncipe Girolamo. Salió de su
palacio y de su reino como un ladrón furtivo. Caminó por todo el mundo, hasta
que llegó al país de Hoy, donde vivió en adelante como un pobre inútil
desconocido y se llamaba simplemente Gigi. Lo único que había llevado consigo
era la imagen del espejo mágico que desde entonces quedó vacío.
»Mientras tanto, los vestidos de seda y terciopelo de
la princesa Momo se habían gastado. Ahora llevaba un chaquetón de hombre,
viejo, demasiado grande, y una falda de remiendos de todos los colores. Y vivía
en unas ruinas.
»Aquí se encuentran un buen día. Pero la princesa Momo
no reconoce al príncipe Girolamo, porque ahora es un pobre diablo. Tampoco Gigi
reconoció a la princesa, porque ya no tenía ningún aspecto de princesa. Pero en
la desgracia común, los dos se hicieron amigos y se consolaban mutuamente.
»Una noche, cuando volvía a flotar en el cielo el
espejo mágico, que ahora estaba vacío, Gigi sacó del bolsillo la imagen y se la
enseñó a Momo. Estaba ya muy arrugada y desvaída, pero aun así, la princesa se
dio cuenta en seguida que se trataba de su propia imagen. Y entonces también
reconoció, bajo la máscara de pobre diablo, al príncipe Girolamo, al que
siempre había buscado y por quien se había vuelto mortal. Y se lo contó todo.
»Pero Gigi movió triste la cabeza y dijo:
»—No puedo entender nada de lo que dices, porque tengo
un nudo en el corazón y no puedo acordarme de nada.
»Entonces, la princesa Momo metió la mano en su pecho y
desató, con toda facilidad, el nudo que tenía en el corazón. Y, de repente, el
príncipe Girolamo volvió a saber quién era. Tomó a la princesa de la mano y se
fue con ella muy lejos, a su país.
Una vez que Gigi hubo concluido, ambos callaron un
ratito; después Momo preguntó:
— ¿Y después han sido marido y mujer?
—Creo que sí —dijo Gigi—, más tarde.
— ¿Y han muerto mientras tanto?
—No —dijo Gigi con decisión—. Eso lo sé exactamente. El
espejo mágico sólo hacía a alguien mortal, cuando se miraba en él a solas. Pero
si se miran dos, vuelven a ser inmortales. Y eso hicieron estos dos.
La luna se veía grande y plateada sobre los pinos
negros y hacía brillar misteriosamente las viejas piedras de las ruinas. Momo y
Gigi estaban sentados en silencio el uno al lado del otro y se miraron largamente
en ella: sintieron con toda claridad que, durante ese instante, ambos eran
inmortales.
Actividades:
1. ¿Qué características se
nombran del personaje Beppo el Barrendero, amigo de Momo?
2. ¿Qué conclusiones
puedes sacar de la personalidad de Beppo, es decir, qué puedes aprender de él?
3. ¿Quién era Girolamo en
la historia de Momo? ¿Cómo le decían?
4. Escribe la personalidad
de Girolamo.
5. ¿Qué puedes aprender de
Girolamo?
6. Realiza una ilustración
donde tengas presente los personajes nombrados y las diversas situaciones.
7. Haz un escrito sobre el
valor de la amistad. (mínimo una página).

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