GUÍA SÉPTIMA DE PLAN LECTOR 9°
GUÍA SÉPTIMA DE PLAN LECTOR 9°
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INSTITUCION EDUCATIVA OCTAVIO HARRY-JACQUELINE
KENNEDY DANE 105001003271 - NIT 811.018.854-4 -
COD ICFES 050963 // 725473 |
Código: FA 21 Fecha: 20/04/2020 |
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Guía de aprendizaje por núcleos temáticos No 7 |
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Docente (s): |
Nayive Melo Duque |
Grados: |
9° |
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Año: |
2021 |
Período: |
3° |
Núcleo Temático: |
Plan Lector |
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Objetivo de la guía de acuerdo con los objetivos de grado: |
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Indicadores de
desempeño: |
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1. Analizo y comprendo el capítulo del libro:
“para interpretar, proponer y argumentar. 2. Identifica y clasifica las acciones
positivas y negativas de los personajes del capítulo del libro. |
Introducción:
Te saludo con el ánimo de saber que vas a
desarrollar la guía a consciencia, te vas a preparar y vas a compartir tus
conocimientos adquiridos en medio de la clase, para contribuir con la interacción entre ustedes los pares y
potenciar sus habilidades.
En la siguiente guía, vas a ser muy meticuloso,
sincero y sobre todo, organizado al momento de escribir, teniendo presente: la
buena ortografía, una excelente caligrafía y una buena redacción, donde se
pueda evidenciar el paso a paso que se te pide.
Espero que puedas repasar en casa el leer en voz
alta y también mentalmente, acompaña tu proceso con música clásica y muy suave,
para que te inspires y comprendas cada capítulo.
No olvides que, tus profes, te
queremos mucho.
Un abrazo gigantesco para ti y tu familia.
Miércoles, 24 de junio de 1942.
Querida Kitty:
¡Qué bochorno! Nos estamos asando, y con el calor que
hace tengo que ir andando a todas partes. Hasta ahora no me había dado cuenta
de lo cómodo que puede resultar un tranvía, sobre todo los que son abiertos,
pero ese privilegio ya no lo tenemos los judíos: a nosotros nos toca ir en el
«coche de San Fernando». Ayer a mediodía tenía hora con el dentista en la Jan
Luykenstraat, que desde el colegio es un buen trecho. Lógico que luego por la tarde
en el colegio casi me durmiera. Menos mal que la gente te ofrece algo de beber
sin tener que pedirlo. La ayudante del dentista es verdaderamente muy amable.
El único medio de transporte que nos está permitido coger es el transbordador.
El barquero del canal Jozef Israëlskade nos cruzó nada más pedírselo. De
verdad, los holandeses no tienen la culpa de que los judíos padezcamos tantas
desgracias. Ojalá no tuviera que ir al colegio. En las vacaciones de Semana
Santa me robaron la bici, y la de mamá, papá la ha dejado en casa de unos
amigos cristianos. Pero por suerte ya se acercan las vacaciones: una semana más
y ya todo habrá quedado atrás. Ayer por la mañana me ocurrió algo muy cómico.
Cuando pasaba por el garaje de las bicicletas, oí que alguien me llamaba. Me
volví y vi detrás de mí a un chico muy simpático que conocí anteanoche en casa
de Wilma, y que es un primo segundo suyo. Wilma es una chica que al principio
me caía muy bien, pero que se pasa el día hablando nada más que de chicos, y
eso termina por aburrirte. El chico se me acercó algo tímido y me dijo que se
llamaba Helio Silberberg. Yo estaba un tanto sorprendida y no sabía muy bien lo
que pretendía, pero no tardó en decírmelo: buscaba mi compañía y quería
acompañarme al colegio. «Ya que vamos en la misma dirección, podemos ir
juntos», le contesté, y juntos salimos. Helio ya tiene dieciséis años y me
cuenta cosas muy entretenidas.
Hoy por la mañana me estaba esperando otra vez, y
supongo que en adelante lo seguirá haciendo.
Tu Ana.
Miércoles, 1 de julio de 1942.
Querida Kitty:
Hasta hoy te aseguro que no he tenido tiempo para
volver a escribirte. El jueves estuve toda la tarde en casa de unos amigos, el
viernes tuvimos visitas y así sucesivamente hasta hoy.
Helio y yo nos hemos conocido más a fondo esta semana.
Me ha contado muchas cosas de su vida. Es oriundo de Gelsenkirchen y vive en
Holanda en casa de sus abuelos. Sus padres están en Bélgica, pero no tiene
posibilidades de viajar allí para reunirse con ellos. Helio tenía una novia,
Ursula. La conozco, es la dulzura y el aburrimiento personificado. Desde que me
conoció a mí, Helio se ha dado cuenta de que al lado de Ursula se duerme. O
sea, que soy una especie de antisomnífero. ¡Uno nunca sabe para lo que puede
llegar a servir!
El sábado por la noche, Jacque se quedó a dormir
conmigo, pero por la tarde se fue a casa de Hanneli y me aburrí como una ostra.
Helio había quedado en pasar por la noche, pero a eso
de las seis me llamó por teléfono. Descolgué el auricular y me dijo:
—Habla Helmuth Silberberg. ¿Me podría
Poner con Ana?
—Sí, Helio, soy Ana.
—Hola, Ana. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias.
—Siento tener que decirte que esta noche no podré
pasarme por tu casa, pero quisiera hablarte un momento. ¿Te parece bien que
vaya dentro de diez minutos?
—Sí, está bien. ¡Hasta ahora!
— ¡Hasta ahora!
Colgué el auricular y corrí a cambiarme de ropa y a
arreglarme el pelo. Luego me asomé, nerviosa, por la ventana. Por fin lo vi
llegar. Por milagro no me lancé escaleras abajo, sino que esperé hasta que sonó
el timbre. Bajé a abrirle y él fue directamente al grano:
—Mira, Ana, mi abuela dice que eres demasiado joven
para que esté saliendo contigo. Dice que tengo que ir a casa de los Löwenbach,
aunque quizá sepas que ya no salgo con Ursula.
—No, no lo sabía. ¿Acaso habéis reñido?
—No, al contrario. Le he dicho a Ursula que de todos
modos no nos entendíamos bien y que era mejor que dejáramos de salir juntos,
pero que en casa siempre sería bien recibida, y que yo esperaba serlo también
en la suya. Es que yo pensé que ella se estaba viendo con otro chico, y la
traté como si así fuera. Pero resultó que no era cierto, y ahora mi tío me ha
dicho que le tengo que pedir disculpas, pero yo naturalmente no quería, y por
eso he roto con ella, pero ese es solo uno de muchos motivos. Ahora mi abuela
quiere que vaya a ver a Ursula y no a ti, pero yo no opino como ella y no tengo
intención de hacerlo. La gente mayor tiene a veces ideas muy anticuadas, pero creo
que no pueden imponérnoslas a nosotros. Es cierto que necesito a mis abuelos,
pero ellos en cierto modo también me necesitan. Ahora resulta que los miércoles
por la noche tengo libre porque se supone que voy a clase de talla de madera,
pero en realidad voy a una de esas reuniones del partido sionista. Mis abuelos
no quieren que vaya porque se oponen rotundamente al sionismo. Yo no es que sea
fanático, pero me interesa, aunque últimamente están armando tal jaleo que
había pensado no ir más. El próximo miércoles será la última vez que vaya.
Entonces podremos vernos los miércoles por la noche, los sábados por la tarde y
por la noche, los domingos por la tarde, y quizá también otros días.
—Pero si tus abuelos no quieren, no deberías hacerlo a
sus espaldas.
—El amor no se puede forzar.
En ese momento pasamos por delante de la librería
Blankevoort, donde estaban Peter Schiff y otros dos chicos. Era la primera vez
que me saludaba en mucho tiempo, y me produjo una gran alegría. El lunes, al
final de la tarde, vino Helio a casa a conocer a papá y mamá. Yo había comprado
una tarta y dulces, y además había té y galletas, pero ni a Helio ni a mí nos
apetecía estar sentados en una silla uno al lado del otro, así que salimos a
dar una vuelta, y no regresamos hasta las ocho y diez. Papá se enfadó mucho,
dijo que no podía ser que llegara a casa tan tarde. Tuve que prometerle que en
adelante estaría en casa a las ocho menos diez a más tardar. Helio me ha
invitado a ir a su casa el sábado que viene.
Wilma me ha contado que un día que Helio fue a su casa
le preguntó:
— ¿Quién te gusta más, Ursula o Ana?
Entonces él le dijo:
—No es asunto tuyo.
Pero cuando se fue, después de no haber cambiado
palabra con Wilma en toda la noche, le dijo:
— ¡Pues Ana! Y ahora me voy. ¡No se lo digas a nadie!
Y se marchó.
Todo indica que Helio está enamorado de mí, y a mí,
para variar, no me desagrada. Margot diría que Helio es un buen tipo, y yo
opino igual que ella, y aún más. También mamá está todo el día alabándolo. Que
es un muchacho apuesto, que es muy cortés y simpático. Me alegro de que en casa
a todos les caiga tan bien, menos a mis amigas, a las que él encuentra muy
niñas, y en eso tiene razón. Jacque siempre me está tomando el pelo por lo de
Helio. Yo no es que esté enamorada, nada de eso. ¿Es que no puedo tener amigos?
Con eso no hago mal a nadie. Mamá sigue preguntándome con quién querría
casarme, pero creo que ni se imagina que es con Peter, porque yo lo desmiento
una y otra vez sin pestañear. Quiero a Peter como nunca he querido a nadie, y
siempre trato de convencerme de que solo vive persiguiendo a todas las chicas
para esconder sus sentimientos. Quizá él ahora también crea que Helio y yo
estamos enamorados, pero eso no es cierto. No es más que un amigo o, como dice
mamá, un galán.
Tu Ana.
Domingo, 5 de julio de 1942.
Querida Kitty:
El acto de fin de curso del viernes en el Teatro Judío
salió muy bien. Las notas que me han dado no son nada malas: un solo
insuficiente (un cinco en álgebra) y por lo demás todo sietes, dos ochos y dos
seises. Aunque en casa se pusieron contentos, en cuestión de notas mis padres
son muy distintos a otros padres; nunca les importa mucho que mis notas sean
buenas o malas; solo se fijan en si estoy sana, en que no sea demasiado fresca
y en si me divierto. Mientras estas tres cosas estén bien, lo demás viene solo.
Yo soy todo lo contrario: no quiero ser mala alumna. Me aceptaron en el liceo
de forma condicional, ya que en realidad me faltaba ir al séptimo curso del
colegio Montessori, pero cuando a los chicos judíos nos obligaron a ir a
colegios judíos, el señor Elte, después de algunas idas y venidas, a Lies
Goslar y a mí nos dejó matricularnos de manera condicional. Lies también ha
aprobado el curso pero tendrá que hacer un examen de geometría de recuperación
bastante difícil.
Pobre Lies, en su casa casi nunca puede sentarse a
estudiar tranquila. En su habitación se pasa jugando todo el día su hermana
pequeña, una niñita consentida que está a punto de cumplir dos años. Si no
hacen lo que ella quiere, se pone a gritar, y si Lies no se ocupa de ella, la
que se pone a gritar es su madre. De esa manera es imposible estudiar nada, y
tampoco ayudan mucho las incontables clases de recuperación que tiene a cada
rato. Y es que la casa de los Goslar es una verdadera casa de tócame Roque. Los abuelos
maternos de Lies viven en la casa de al lado, pero comen con ellos. Luego hay
una criada, la niñita, el eternamente distraído y despistado padre y la siempre
nerviosa e irascible madre, que está nuevamente embarazada. Con un panorama
así, la patosa de Lies está completamente perdida.
A mi hermana Margot también le han dado las notas,
estupendas como siempre. Si en el colegio existiera el cum laude, se lo habrían
dado. ¡Es un hacha!
Papá está mucho en casa últimamente; en la oficina no
tiene nada que hacer. No debe ser nada agradable sentirse un inútil. El señor
Kleiman se ha hecho cargo de Opekta, y el señor Kugler, de Gies & Cía., la
compañía de los sucedáneos de especias, fundada hace poco, en 1941.
Hace unos días, cuando estábamos dando una vuelta
alrededor de la plaza, papá empezó a hablar del tema de la clandestinidad. Dijo
que será muy difícil vivir completamente separados del mundo. Le pregunté por qué
me estaba hablando de eso ahora.
—Mira, Ana —me dijo—. Ya sabes que desde hace más de un
año estamos llevando ropa, alimentos y muebles a casa de otra gente.
No queremos que nuestras cosas caigan en manos de los
alemanes, pero menos aún que nos pesquen a nosotros mismos. Por eso, nos iremos
por propia iniciativa y no esperaremos a que vengan por nosotros.
—Pero papá, ¿cuándo será eso?
La seriedad de las palabras de mi padre me dio miedo.
—De eso no te preocupes, ya lo arreglaremos nosotros.
Disfruta de tu vida despreocupada mientras puedas.
Eso fue todo. ¡Ojalá que estas tristes palabras tarden
mucho en cumplirse!
Acaban de llamar al timbre. Es Helio. Lo dejo.
Tu Ana.
Miércoles, 8 de julio de 1942.
Querida Kitty:
Desde la mañana del domingo hasta ahora parece que
hubieran pasado años. Han pasado tantas cosas que es como si de repente el
mundo estuviera patas arriba, pero ya ves, Kitty: aún estoy viva, y eso es lo
principal, como dice papá. Sí, es cierto, aún estoy viva, pero no me preguntes
dónde ni cómo. Hoy no debes de entender nada de lo que te escribo, de modo que
empezaré por contarte lo que pasó el domingo por la tarde. A las tres de la
tarde —Helio acababa de salir un momento, luego volvería— alguien llamó a la
puerta. Yo no lo oí, ya que estaba leyendo en una tumbona al sol en la galería.
Al rato apareció Margot toda alterada por la puerta de la cocina.
—Ha llegado una citación de la SS para papá —murmuró—.
Mamá ya ha salido para la casa de Van Daan. (Van Daan es un amigo y socio de
papá).
Me asusté muchísimo. ¡Una citación! Todo el mundo sabe
lo que eso significa. En mi mente se me aparecieron campos de concentración y
celdas solitarias. ¿Acaso íbamos a permitir que a papá se lo llevaran a semejantes
lugares?
—Está claro que no irá —me aseguró Margot cuando nos
sentamos a esperar en el salón a que regresara mamá—. Mamá ha ido a preguntarle
a Van Daan si podemos instalarnos en nuestro escondite mañana. Los Van Daan se
esconderán con nosotros. Seremos siete. Silencio. Ya no podíamos hablar. Pensar
en papá, que sin sospechar nada había ido al asilo judío a hacer unas visitas,
esperar a que volviera mamá, el calor, la angustia, todo ello junto hizo que
guardáramos silencio.
De repente llamaron nuevamente a la puerta.
—Debe de ser Helio —dije yo.
—No abras —me detuvo Margot, pero no hacía falta, oímos
a mamá y al señor Van Daan abajo hablando con Helio. Luego entraron y cerraron
la puerta. A partir de ese momento, cada vez que llamaran a la puerta, una de
nosotras debía bajar sigilosamente para ver si era papá; no abriríamos la
puerta a extraños. A Margot y a mí nos hicieron salir del salón; Van Daan
quería hablar a solas con mamá.
Una vez en nuestra habitación, Margot me confesó que la
citación no estaba dirigida a papá, sino a ella. De nuevo me asusté muchísimo y
me eché a llorar. Margot tiene dieciséis años. De modo que quieren llevarse a
chicas solas tan jóvenes como ella… Pero por suerte no iría, lo había dicho
mamá, y seguro que a eso se había referido papá cuando conversaba conmigo sobre
el hecho de escondernos. Escondernos… ¿Dónde nos esconderíamos? ¿En la ciudad,
en el campo, en una casa, en una cabaña, cómo, cuándo, dónde? Eran muchas las
preguntas que no podía hacer, pero que me venían a la mente una y otra vez.
Margot y yo empezamos a guardar lo indispensable en una
cartera del colegio. Lo primero que guardé fue este cuaderno de tapas duras,
luego unas plumas, pañuelos, libros del colegio, un peine, cartas viejas…
Pensando en el escondite, metí en la cartera las cosas más estúpidas, pero no
me arrepiento. Me importan más los recuerdos que los vestidos. A las cinco
llegó por fin papá. Llamamos por teléfono al señor Kleiman, pidiéndole que
viniera esa misma tarde. Van Daan fue a buscar a Miep. Miep vino, y en una
bolsa se llevó algunos zapatos, vestidos, chaquetas, ropa interior y medias, y
prometió volver por la noche. Luego hubo un gran silencio en la casa: ninguno
de nosotros quería comer nada, aún hacía calor y todo resultaba muy extraño.
La habitación grande del piso de arriba se la habíamos
alquilado a un tal Goldschmidt, un hombre divorciado de treinta y pico, que por
lo visto no tenía nada que hacer, por lo que se quedó matando el tiempo hasta
las diez con nosotros en el salón, sin que hubiera manera de hacerle entender
que se fuera.
A las once llegaron Miep y Jan Gies. Miep trabaja desde
1933 para papá y se ha hecho íntima amiga de la familia, al igual que su
flamante marido Jan. Nuevamente desaparecieron zapatos, medias, libros y ropa
interior en la bolsa de Miep y en los grandes bolsillos del abrigo de Jan, y a
las once y media también desaparecieron ellos mismos.
Estaba muerta de cansancio, y aunque sabía que sería la
última noche en que dormiría en mi cama, me dormí enseguida y no me desperté
hasta las cinco y media de la mañana, cuando me llamó mamá. Por suerte hacía
menos calor que el domingo; durante todo el día cayó una lluvia cálida. Todos
nos pusimos tanta ropa que era como si tuviéramos que pasar la noche en un
frigorífico, pero era para poder llevarnos más prendas de vestir. A ningún
judío que estuviera en nuestro lugar se le habría ocurrido salir de casa con
una maleta llena de ropa. Yo llevaba puestas dos camisetas, tres pantalones, un
vestido, encima una falda, una chaqueta, un abrigo de verano, dos pares de
medias, zapatos cerrados, un gorro, un pañuelo y muchas cosas más; estando
todavía en casa ya me entró asfixia, pero no había más remedio.
Margot llenó de libros la cartera del colegio, sacó la
bicicleta del garaje para bicicletas y salió detrás de Miep, con un rumbo para
mí desconocido. Y es que yo seguía sin saber cuál era nuestro misterioso
destino.
A las siete y media también nosotros cerramos la puerta
a nuestras espaldas. Del único del que había tenido que despedirme era de
Moortje, mi gatito, que sería acogido en casa de los vecinos, según le
indicamos al señor Goldschmidt en una nota. Las camas deshechas, la mesa del
desayuno sin recoger, medio kilo de carne para el gato en la nevera, todo daba
la impresión de que habíamos abandonado la casa atropelladamente. Pero no nos
importaba la impresión que dejáramos, queríamos irnos, solo irnos y llegar a
puerto seguro, nada más. Seguiré mañana.
Tu Ana.
Jueves, 9 de julio de 1942.
Querida Kitty:
Así anduvimos bajo la lluvia torrencial, papá, mamá y
yo, cada cual con una cartera de colegio y una bolsa de la compra, cargadas
hasta los topes con una mezcolanza de cosas. Los trabajadores que iban temprano
a trabajar nos seguían con la mirada. En sus caras podía verse claramente que
lamentaban no poder ofrecernos ningún transporte: la estrella amarilla que
llevábamos era elocuente.
Solo cuando ya estuvimos en la calle, papá y mamá
empezaron a contarme poquito a poco el plan del escondite. Llevaban meses
sacando de la casa la mayor cantidad posible de muebles y enseres, y habían
decidido que entraríamos en la clandestinidad voluntariamente, el 16 de julio.
Por causa de la citación, el asunto se había adelantado diez días, de modo que
tendríamos que conformarnos con unos aposentos menos arreglados y ordenados.
El escondite estaba situado en el edificio donde tenía
las oficinas papá. Como para las personas ajenas al asunto esto es algo difícil
de entender, pasaré a dar una aclaración. Papá no ha tenido nunca mucho
personal: el señor Kugler, Kleiman y Miep, además de Bep Voskuijl, la
secretaria de 23 años. Todos estaban al tanto de nuestra llegada. En el almacén
trabajan el señor Voskuijl, padre de Bep, y dos mozos, a quienes no les
habíamos dicho nada.
El edificio está dividido de la siguiente manera: en la
planta baja hay un gran almacén, que se usa para el depósito de mercancías.
Este está subdividido en distintos cuartos, como el que se usa para moler la
canela, el clavo y el sucedáneo de la pimienta, y luego está el cuarto de las
provisiones. Al lado de la puerta del almacén está la puerta de entrada normal
de la casa, tras la cual una segunda puerta da acceso a la escalera. Subiendo
las escaleras se llega a una puerta de vidrio traslúcido, en la que
antiguamente ponía «OFICINA» en letras negras. Se trata de la oficina principal
del edificio, muy grande, muy luminosa y muy llena. De día trabajan allí Bep,
Miep y el señor Kleiman. Pasando por un cuartito donde está la caja fuerte, el
guardarropa y un armario para guardar útiles de escritorio, se llega a una
pequeña habitación bastante oscura y húmeda que da al patio. Este era el
despacho que compartían el señor Kugler y el señor Van Daan, pero que ahora
solo ocupa el primero. También se puede acceder al despacho de Kugler desde el
pasillo, aunque solo a través de una puerta de vidrio que se abre desde dentro
y que es difícil de abrir desde fuera. Saliendo de ese despacho se va por un
pasillo largo y estrecho, se pasa por la carbonera y, después de subir cuatro
peldaños, se llega a la habitación que es el orgullo del edificio: el despacho
principal. Muebles oscuros muy elegantes, el piso cubierto de linóleo y
alfombras, una radio, una hermosa lámpara, todo verdaderamente precioso. Al
lado, una amplia cocina con calentador de agua y dos hornillos, y al lado de la
cocina, un retrete. Ese es el primer piso.
Desde el pasillo de abajo se sube por una escalera
corriente de madera. Arriba hay un pequeño rellano, al que llamamos normalmente
descansillo. A la izquierda y derecha del descansillo hay dos puertas. La de la
izquierda comunica con la casa de delante, donde hay almacenes, un desván y una
buhardilla. Al otro extremo de esta parte delantera del edificio hay una
escalera superempinada, típicamente holandesa (de esas en las que es fácil
romperse la crisma), que lleva a la segunda puerta que da a la calle. A la
derecha del descansillo se halla la «casa de atrás». Nadie sospecharía nunca
que detrás de esta puerta pintada de gris, sin nada de particular, se esconden
tantas habitaciones. Delante de la puerta hay un escalón alto, y por allí se
entra. Justo enfrente de la puerta de entrada, una escalera empinada; a la
izquierda hay un pasillito y una habitación que pasó a ser el cuarto de estar y
dormitorio de los Frank, y al lado otra habitación más pequeña: el dormitorio y
estudio de las señoritas Frank. A la derecha de la escalera, un cuarto sin
ventanas, con un lavabo y un retrete cerrado, y otra puerta que da a la
habitación de Margot y mía. Subiendo las escaleras, al abrir la puerta de
arriba, uno se asombra al ver que en una casa tan antigua de los canales pueda
haber una habitación tan grande, tan luminosa y tan amplia. En este espacio hay
un fogón (esto se lo debemos al hecho de que aquí Kugler tenía antes su
laboratorio) y un fregadero. O sea, que esa es la cocina, y a la vez también
dormitorio del señor y la señora Van Daan, cuarto de estar general, comedor y
estudio. Luego, una diminuta habitación de paso, que será la morada de Peter
van Daan y, finalmente, al igual que en la casa de delante, un desván y una
buhardilla. Y aquí termina la presentación de toda nuestra hermosa Casa de
atrás.
Tu Ana.
Viernes, 10 de julio de 1942.
Querida Kitty:
Es muy probable que te haya aburrido tremendamente con
mi tediosa descripción de la casa, pero me parece importante que sepas dónde he
venido a parar. A través de mis próximas cartas ya te enterarás de cómo vivimos
aquí.
Ahora primero quisiera seguir contándote la historia del
otro día, que todavía no he terminado. Una vez que llegamos al edificio de
Prinsengracht 263, Miep nos llevó enseguida por el largo pasillo, subiendo por
la escalera de madera, directamente hacia arriba, a la Casa de atrás. Cerró la
puerta detrás de nosotros y nos dejó solos. Margot había llegado mucho antes en
bicicleta y ya nos estaba esperando.
El cuarto de estar y las demás habitaciones estaban tan
atiborradas de trastos que superaban toda descripción. Las cajas de cartón que
a lo largo de los últimos meses habían sido enviadas a la oficina, se
encontraban en el suelo y sobre las camas. El cuartito pequeño estaba hasta el
techo de ropa de cama. Si por la noche queríamos dormir en camas decentes,
teníamos que poner manos a la obra de inmediato. A mamá y a Margot les era
imposible mover un dedo, estaban echadas en las camas sin hacer, cansadas,
desganadas y no sé cuántas cosas más, pero papá y yo, los dos «ordenalotodo» de
la familia, queríamos empezar cuanto antes.
Anduvimos todo el día desempaquetando, poniendo cosas
en los armarios, martilleando y ordenando, hasta que por la noche caímos
exhaustos en las camas limpias. No habíamos comido nada caliente en todo el
día, pero no nos importaba; mamá y Margot estaban demasiado cansadas y
nerviosas como para comer nada, y papá y yo teníamos demasiado que hacer.
El martes por la mañana tomamos el trabajo donde lo
habíamos dejado el lunes. Bep y Miep hicieron la compra usando nuestras
cartillas de racionamiento, papá arregló los paneles para oscurecer las
ventanas, que no resultaban suficientes, fregamos el suelo de la cocina y
estuvimos nuevamente trajinando de la mañana a la noche. Hasta el miércoles
casi no tuve tiempo de ponerme a pensar en los grandes cambios que se habían
producido en mi vida. Solo entonces, por primera vez desde que llegamos a la
Casa de atrás, encontré ocasión para ponerte al tanto de los hechos y al mismo
tiempo para darme cuenta de lo que realmente me había pasado y de lo que aún me
esperaba.
Tu Ana.
Sábado, 11 de julio de 1942.
Querida Kitty:
Papá, mamá y Margot no logran acostumbrarse a las
campanadas de la iglesia del Oeste, que suenan cada quince minutos anunciando
la hora. Yo sí, me gustaron desde el principio, y sobre todo por las noches me
dan una sensación de amparo. Te interesará saber qué me parece mi vida de
escondida, pues bien, solo puedo decirte que ni yo misma lo sé muy bien. Creo
que aquí nunca me sentiré realmente en casa, con lo que no quiero decir en
absoluto que me desagrade estar aquí; más bien me siento como si estuviera
pasando unas vacaciones en una pensión muy curiosa. Reconozco que es una
concepción un tanto extraña de la clandestinidad, pero las cosas son así, y no
las puedo cambiar. Como escondite, la Casa de atrás es ideal; aunque hay
humedad y está toda inclinada, estoy segura de que en todo Ámsterdam, y quizás
hasta en toda Holanda, no hay otro escondite tan confortable como el que hemos
instalado aquí.
La pequeña habitación de Margot y mía, sin nada en las
paredes, tenía hasta ahora un aspecto bastante desolador. Gracias a papá, que
ya antes había traído mi colección de tarjetas postales y mis fotos de
estrellas de cine, pude decorar con ellas una pared entera, pegándolas con
cola. Quedó muy, muy bonito, por lo que ahora parece mucho más alegre. Cuando
lleguen los Van Daan, ya nos fabricaremos algún armarito y otros chismes con la
madera que hay en el desván.
Margot y mamá ya se han recuperado un poco. Ayer mamá
quiso hacer la primera sopa de guisantes, pero cuando estaba abajo charlando,
se olvidó de la sopa, que se quemó de tal manera que los guisantes estaban
negros como el carbón y no había forma de despegarlos del fondo de la olla.
Ayer por la noche bajamos los cuatro al antiguo
despacho de papá y pusimos la radio inglesa. Yo tenía tanto miedo de que
alguien pudiera oírnos que le supliqué a papá que volviéramos arriba. Mamá
comprendió mi temor y subió conmigo. También con respecto a otras cosas tenemos
mucho miedo de que los vecinos puedan vernos u oírnos. Ya el primer día tuvimos
que hacer cortinas, que en realidad no se merecen ese nombre, ya que no son más
que unos trapos sueltos, totalmente diferentes entre sí en forma, calidad y
dibujo. Papá y yo, que no entendemos nada del arte de coser, las unimos de
cualquier manera con hilo y aguja. Estas verdaderas joyas las colgamos luego
con chinchetas delante de las ventanas, y ahí se quedarán hasta que nuestra
estancia aquí acabe. A la derecha de nuestro edificio se encuentra una filial
de la compañía Keg, de Zaandam, y a la izquierda una ebanistería. La gente que
trabaja allí abandona el recinto cuando termina su horario de trabajo, pero aun
así podrían oír algún ruido que nos delatara. Por eso, hemos prohibido a Margot
que tosa por las noches, pese a que está muy acatarrada, y le damos codeína en
grandes cantidades.
Me hace mucha ilusión la venida de los Van Daan, que se
ha fijado para el martes. Será mucho más ameno y también habrá menos silencio.
Porque es el silencio lo que por las noches y al caer la tarde me pone tan
nerviosa, y daría cualquier cosa por que alguno de nuestros protectores se
quedara aquí a dormir.
La vida aquí no es tan terrible, porque podemos cocinar
nosotros mismos y abajo, en el despacho de papá, podemos escuchar la radio. El
señor Kleiman y Miep y también Bep Voskuijl nos han ayudado muchísimo. Nos han
traído ruibarbo, fresas y cerezas, y no creo que por el momento nos vayamos a
aburrir. Tenemos suficientes cosas para leer, y aún vamos a comprar un montón
de juegos. Está claro que no podemos mirar por la ventana ni salir fuera.
También está prohibido hacer ruido, porque abajo no nos deben oír.
Ayer tuvimos mucho trabajo; tuvimos que deshuesar dos
cestas de cerezas para la oficina. El señor Kugler quería usarlas para hacer
conservas.
Con la madera de las cajas de cerezas haremos estantes
para libros.
Me llaman.
Tu Ana.
Actividades
de profundización:
1.
Investiga:
¿qué es el antisemitismo?
2.
¿Qué
relación tiene el término anterior con la historia que se narra en el libro?
3.
¿Qué
fue el holocausto? ¿dónde y cómo ocurrió?
4.
De cada fecha, escribe la idea más importante,
la principal.
5.
¿Cuál
es tu opinión acerca del comportamiento de los personajes que se narran en la
historia? elige dos de ellos.

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